Bienestar y libertad para decidir
Mario Rodarte E.
Uno de los principios fundamentales que influye sobre el bienestar de la sociedad es la libertad para decidir. En teoría, nuestro sistema democrático nos permite elegir libremente a quién queremos que guíe el destino nacional del estado o el municipio en que habitamos.
El primer obstáculo para decidir es la educación; este bien, cuya obligatoriedad está establecida en la Constitución y se garantiza el libre acceso para toda la sociedad, tiene muchos bemoles. Empezando por las diferencias en ingreso y distribución geográfica de las personas, que limita el acceso y la permanencia de las mismas en el sistema y terminando con las diferencias abismales que se observan entre escuelas, maestros y personas, termina por limitar las decisiones libres. Esta condición ha sido aprovechada una y otra vez por los partidos, que utilizan diversos mecanismos para llevar a grupos de personas que no piensan, ni discuten ni cuestionan, a votar en bloque, haciéndolos sus clientes políticos a cambio de pagos como la “libertad sindical”, el respeto a la propiedad a la que se accedió mediante una invasión de propiedades de terceros o el acceso a un pago mensual de algún programa público.
El otro aspecto sobre el que la sociedad no tiene ningún derecho a decidir es el referente al uso de sus recursos, que sus gobiernos recaudan por diversos medios y mediante transferencias federales.
Sus “mandatarios” deciden libremente qué hacer con ellos, sin previa consulta, sin el análisis de las opciones y la debida votación, terminando por hacer lo que a ellos y sus intereses les conviene. Lo mismo se puede tratar de una obra vial o de una hidráulica, riego, urbanización, vivienda o educación, las obras terminan por proveer beneficios mínimos a la sociedad, ya que no se hizo ni en el lugar ni en el momento ni con la magnitud o escala óptima, sin considerar por el momento el problema de la mala calidad y el sobreprecio que caracterizan a casi toda la obra pública en todos los niveles de gobierno.
Una sociedad así nunca va a tener acceso a lo que verdaderamente demanda, ya que los tiempos en que llegaban personas iluminadas a los puestos de elección, que sabían lo que era mejor para su pueblo, han quedado en la prehistoria. Entre estas prácticas y las tiendas en las que obligatoriamente los trabajadores tenían que cobrar en la antigüedad no hay diferencia.
mrodarte@eleconomista.mx











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