El villano

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Pablo Aveleyra Arroyo de Anda

Damos demasiada importancia a la figura del Presidente y al ritual de su elección. Creemos, ilusos, que fulano, mengana o zutano, poseedores de una varita mágica, pueden corregir los defectos y encarrilar a la República de modo que sociedad, economía y política se orienten hacia el bien colectivo.

Aunque, aclaremos, la inmensa mayoría no piensa en “todos”, sino cada quien en sí mismo, los demás que se amuelen, es su boleto.

A fin de cuentas, en la democracia un gobierno sólo tiene tres cometidos: proteger a cada persona de la injusticia u opresión de otra, establecer una estricta administración de justicia y realizar y mantener ciertas obras e instituciones que no pueden ser emprendidas por los particulares.

Dentro de la maraña gigantesca e inextricable que es un gobierno nacional, ¿cómo lograr que 32 señores feudales jalen parejo y en el sentido deseado? Y, suponiendo probidad y eficiencia en estos individuos, ¿cómo consiguen que sus respectivas marañas locales funcionen apropiadamente? ¿Cómo saber cuál será el desempeño de los colaboradores inmediatos que el jefe cree conocer como la palma de su mano?

El titular del Ejecutivo ¿qué puede hacer para que los jueces no se corrompan y juzguen con justicia? ¿Y para que los hacedores de normas -senadores, diputados y alcaldes multiplicados por infinidad de demarcaciones políticas- operen en el sentido del bienestar general? ¿Y para que los subalternos, desde el inmediato hasta el de más abajo, sean honrados, eficaces y productivos? ¿Y para que la función pública, léase burocracia, sea expedita, no muerda ni ponga trabas al ciudadano común y a los productores? ¿Y para que los empresarios cumplan su compromiso social?

Y de acuerdo con el enunciado de Molina Enríquez, ¿qué hace falta para ponernos en el camino de atemperar los grandes problemas nacionales, en apretada síntesis: corrupción, improductividad, crimen y marginación?

El gobierno, por definición, no gobierna muy bien que digamos. Pero no hay que cargarle la culpa. Claro está que en los trabajos estatales faltan honradez, competencia, espíritu cívico y sentido del deber. Pero el villano de la película es cada uno de nosotros, renunciante de la responsabilidad de enfrentar, en la medida de cada quien, los temas mencionados.

Todos los males obedecen a dos causas: el egoísmo generalizado, del pueblo, la burguesía y la llamada mafia en el poder, y la deserción de individuos decentes y competentes.

paveleyra@eleconomista.mx

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