En lontananza
Competir
Hoy, el gran mundo de la empresa privada parece orientarse a la obtención de utilidades a costa de la deshumanización.
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Jugar es innato a la naturaleza humana. Jugaban el hombre de Pekín, el de Cromañón, el que decoró Altamira y los que pintaron dibujos rupestres en nuestro territorio. Jugar es divertirse, distraerse de la actividad cotidiana, aunque la actividad cotidiana puede y debe convertirse en juego. Un objeto esférico es utilizado en el mayor número de juegos. Después vienen, entre otros, cartas y fichas. El primero se emplea en infinidad de deportes y pasatiempos, desde el futbol hasta las damas chinas. Dos pasajes del escritor español Wenceslao Fernández Flórez sobre juegos de pelota:

a)Para eliminar las trifulcas que se arman en el balompié propone el concepto de socialización del gol, con cuatro reglas: l. Los jugadores pueden meter goles sin limitación. 2. Los goles no son de ningún equipo. 3. La autoridad incauta la producción de goles. 4. La autoridad distribuye los goles entre los jugadores en estricta justicia, según su conducta y espíritu deportivo. Más o menos el gran plan nacional y contra la mafia en el poder que propone don Andrés Manuel. b) En el fut hay 11 tipos que se oponen a que la bola vaya a donde uno quiere. En el tenis, el adversario me la envía, arteramente, donde no estoy. En el golf, pegar un varazo a la pelotita y hacerla ir por los aires en la dirección apetecida no parece ser tarea admirable.

Tenemos contrincantes y tratamos de aventajarlos. Es normal. Competir es la clave. La competencia es sana porque genera mayor esfuerzo —en el estudiante, el empleado, el profesional, el político— y se tiende a hacer mejor las cosas, en el trabajo, entre compañías y entre países. Aunque no necesariamente debe competirse sin parar mientes en medios, a troche y moche, para ocupar el primer sitio. Basta con perseverar y con llegar airosamente, como en el fatigoso Camino de Santiago.

Descontemos al gobierno como empleador, sabemos que es una gigantesca institución de paternal beneficencia improductiva.

Hoy el gran mundo de la empresa privada parece orientarse a la obtención de utilidades a costa de la deshumanización en el ambiente laboral: permanente riesgo de perder la chamba, bajos salarios y recorte de prestaciones conducen a falta de compromiso del empleado. Su lealtad a la compañía que lo apoya y hace socio garantiza el éxito en la competencia. Tener una plantilla de angustiados y frustrados es perder en la liza.

paveleyra@eleconomista.com.mx

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