En lontananza
México en la justicia
Muchos de nuestros violentos todavía no aprenden a dejar de serlo. No conocen que el único sistema que se presta a la comunicación y al progreso es el que tenemos, y que sólo acoplándose a él llegarán a puestos de mando.
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Tiempos aquellos en que los partidos políticos defendían sus enseñas a sangre y fuego, conservadores o liberales, demócratas o republicanos, comunistas o capitalistas, rojos o blancos... hoy no se distinguen, igual palabrería sobre los mismos trillados temas, ausentes los ideales y las visiones de largo alcance. El fenómeno ocurre en todas partes donde hay sociedades civilizadas o medianamente civilizadas. Algunas lo son tanto que sus nacionales ignoran el nombre del líder en turno o no les importa quién sea, de todos modos las cosas marchan como balsa en aceite. Otras constituyen excrecencias, anomalías, como la Corea del arrojado Kim Jong-un, la Venezuela del suertudo Maduro —¡gracias, Donald, por el estúpido exabrupto!—, la Nicaragua del sempiterno Daniel Ortega, la Cuba de los heroicos Castro, los Estamos Desunidos del barbaján Trump y otros muchos por desgracia, sobre todo en Asia y África.

En México tenemos los nombres tradicionales, PRI, PAN, PRD y los chipotes o rémoras nacidos a la luz de contubernios económico-políticos, PVEM, Panal, et al. Todos ofrecen cambio, palabra mágica con la que se hipnotiza al pueblo, así como eliminar los abscesos que ahora afligen hondamente, inseguridad y corrupción. AMLO es de la misma especie, pero ayuno de ideas y sobrado de ansia de poder, sabe que, si llega, enfrenta una realidad inamovible, lo que a él dinamiza y entusiasma es la posibilidad de viajar en avión presidencial, pisar alfombra roja, arengar multitudes, recibir dignatarios extranjeros y apacentar ovejas.

Hay una lección para él y para los políticos de las otras nomenclaturas, a quienes mejor viene es a los que embisten como reses bravas sin parar mientes en leyes ni en derechos de terceros, como don Gerardo Fernández Noroña, de cavernícola a senador, buen ejemplo de movilidad hacia la urbanidad. Pero muchos de nuestros violentos todavía no aprenden a dejar de serlo. Esto es, no conocen que el único sistema que se presta a la comunicación y al progreso es el que tenemos y que sólo acoplándose a él y trabajando, en la escuela, la universidad o la producción, a la vuelta de no muchos años pueden llegar a puestos de mando. Y desde éstos, si hay seriedad y buena voluntad, luchar para que nuestro aparato social tenga una excelente administración de justicia, pieza sin la cual es imposible vencer hambre, inercia, violencia y venalidad.

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