“Batalla, juego de fantasmas,
apuesta de vida, destino”.
Wong Li
La política, por su propia naturaleza, es un monopolio de partidos y gobierno. Nadie ha de asombrarse por ello. Así está previsto por la Constitución y las leyes: una política constitucional y democrática, o sea institucional, oficial, como usted quiera. Una política cuyas reglas las aprueban los propios jugadores. ¿Quiénes hacen las leyes? ¿Quién aprueba el Presupuesto? ¿Quién niega la posibilidad jurídica de los candidatos independientes? ¿Quién elige a los integrantes del IFE? Y así sucesivamente. Los partidos compiten entre sí por el poder político. Y el gobierno, si quiere gobernar, tendrá que construir acuerdos con ellos. Cuando la gente comenta “son los mismos”, dice la verdad.
Los ciudadanos no hacen política, la padecen. El que diga lo contrario debe probarlo. La política ciudadana o la política de ciudadanos es retórica pura. Tome la ley sobre la prohibición de fumar en espacios públicos; una regulación mínima acerca de la salud, pero que usted, acérrimo defensor de la libertad como facultad natural, por tanto, un iusnaturalista impertérrito que, después de ocho siglos de debate no acepta que las libertades públicas y privadas -derecho al buen nombre, a la privacidad, al respeto y al reconocimiento, o el derecho a fumar- se fundan en el derecho positivo, ¿qué ha podido hacer si no un coraje y el ridículo? ¿A qué política ciudadana ha abierto caminos fuera de un desplegado firmado por unos cuantos que comparten una idéntica convicción?
Respuesta piadosa: ejerza el poder del voto. Pero, ¿con excepción de los pequeños, a qué partido grande ha hecho desaparecer el voto? Nadie puede contra este proceso. Los partidos se reproducen en la política, en el gobierno y en las cámaras. Cuando no lo hacen es por su debilidad. Un partido en el gobierno se fortalece, no porque gobierne bien, sino por los aliados que suma, la nómina interminable que maneja y las numerosas clientelas de su mal llamada política social. Una entidad se convierte en búnker de tal o cual partido y, a nivel nacional, por el momento, se ve casi imposible que un partido de oposición derrote al partido en el gobierno. A menos que éste cometa los peores errores, caiga en el precipicio de la mala suerte o postule a un candidato de capacidad de seducción cero. Así es la democracia. Y así tiene que ser. Salvo cuando ya se ha perdido, el poder no está en la punta del voto. Lo contrario sería peligroso y traería una estabilidad indeseable.
*Es politólogo.
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