China descubre que el dinero no compra amor
Andrew Higgins / The Washington Post
Bishkek,Kirgistán. En un brote de violencia la primavera pasada, una turba derrocó al presidente de Kirgistán, quemó su oficina y saqueó varios edificios asociados en el odiado régimen autoritario. Después, la turba se encaminó hacia otro objetivo menos obvio: un popular centro comercial chino, repleto de ropa y electrónica barata de China.
Al amparo de la noche y sin oposición de la policía, la multitud entró al centro Guoying, y luego de saquear las tiendas, quemó el complejo, el emblema más visible de la fuerte presencia económica de China en este volátil país del centro de Asia.
“No hubo nada que pudiéramos hacer para detenerlos”, dijo el propietario del centro comercial, He Chengyu, quien optó por esconderse de la turba después de instruir a los guardias de seguridad que mejor no opusieran ninguna resistencia.
Conforme China crece más allá de sus fronteras en busca de mercados, empleos y una mayor autoridad en asuntos globales, una nación que alguna vez presumió de “tener amigos en todos lados” ahora enfrenta un problema que a Estados Unidos le resulta familiar. Su riqueza y poderío pueden intimidar e inspirar un cauteloso respeto, pero también generan envidia y a veces hasta una violenta hostilidad.
Desde el asalto a la Plaza Guoying en abril, docenas de ciudadanos chinos han sido asaltados con violencia en Bishkek. En agosto, ladrones aún no identificados se introdujeron en otro centro comercial de propiedad china, Tataan,y abrieron las cajas fuertes de más de una docena de negocios chinos. “Cada vez es más difícil ser un negociante chino en esta ciudad”, dijo Xie Yincheng, quien vende puertas y paneles de madera importados de China.







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