Venezuela es una bomba a punto de explotar
El país con las mayores reservas de crudo está al borde del colapso económico y político. La única pregunta que queda ahora es si se colapsará completamente primero el gobierno de Venezuela o su economía.
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La única pregunta que queda ahora es si se colapsará completamente primero el gobierno de Venezuela o su economía.

La palabra clave aquí es “completamente”. Ambos están en su lecho de muerte. Ciertamente, el partido gobernante de Venezuela acaba de perder las elecciones legislativas que le dieron a la oposición una mayoría a prueba de veto, y es difícil ver que mejorará para ellos en el corto plazo, quizá nunca.

Los titulares tienden a no hacerlo muy bien cuando, de acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, su economía se contrae 10% un año, otro 6% el siguiente, y explota la inflación a 720 por ciento. No es de extrañar, entonces, que los mercados esperan que Venezuela no pague su deuda en un futuro muy próximo. El país está prácticamente en bancarrota.

Eso no es una cosa fácil de hacer cuando se tienen las mayores reservas de petróleo del mundo, pero Venezuela lo ha conseguido.

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¿Cómo? Pues bien, una combinación de mala suerte y peores políticas. El primer paso fue cuando el gobierno socialista de Hugo Chávez comenzó a gastar más dinero en los pobres, en todo, desde una gasolina a dos centavos hasta la vivienda pública.

Ahora, no hay nada de malo en eso —de hecho, es una buena idea en general— pero siempre y cuando tengas el dinero para pagarlo. Para el 2005, más o menos, Venezuela no lo tenía.

¿Por qué no? La respuesta es que Chávez convirtió a la compañía petrolera estatal (PDVSA) de ser compañía manejada profesionalmente a que apenas se pudiera manejar. Las personas que sabían lo que estaban haciendo fueron sustituidas por personas que eran leales al régimen, los beneficios salieron, pero las nuevas inversiones no llegaron.

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Esa última parte era particularmente mala, porque el crudo extrapesado de Venezuela tiene que ser mezclado o refinado —ninguno de los cuales es barato— antes de que pueda ser vendido. Venezuela no ha sido capaz de producir tanto petróleo como solía hacerlo sin actualizar o incluso mantener su infraestructura. En concreto, la producción de petróleo cayó 25% entre 1999 y el 2013.

El resto es una historia familiar de aflicción fiscal. Incluso con los precios del petróleo de tres dígitos, como Justin Fox señaló en Bloomberg, no fueron suficientes para mantener a Venezuela fuera de la red cuando se estaba gastando más en su gente, pero estaba produciendo menos crudo.

Así que hizo lo que todos los estados mal gestionados hacen cuando se les acaba el dinero: imprimes un poco más. Y por “un poco más”, quiero decir mucho más. Eso, a su vez, se convirtió en “un montón” más de lo que podía contar una vez que el petróleo comenzó a derrumbarse a mediados del 2014. El resultado de todo este dinero impreso, es que la moneda de Venezuela ha, según las tasas del mercado negro, perdido 93% de su valor en los últimos dos años.

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Resulta que Lenin estaba equivocado. Devaluar a la moneda es en realidad la mejor manera de destruir el socialismo, no el sistema capitalista.

Ahora te habrás dado cuenta de que he hablado de la tasa de cambio del mercado negro de Venezuela. Hay una buena razón para ello. El gobierno de Venezuela ha tratado de negar la realidad económica con los controles de precios y de divisas. La idea era que podía detener la inflación sin tener que detener la impresión de dinero diciéndole a las empresas lo que estaban autorizados a cobrar y, a continuación, dándoles dólares en términos lo suficientemente baratos que en realidad podían darse el lujo de vender a esos precios.

El problema con esta idea es que no es rentable para las empresas sin subsidio para abastecer sus estantes, y no es lo suficientemente rentable para que los subvencionados lo hagan, cuando sólo pueden vender sus dólares en el mercado negro en vez de usarlos para importar cosas.

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Eso deja a los supermercados de Venezuela sin suficiente comida, sus fábricas de cerveza sin suficientes lúpulos para hacer cerveza, y a sus fábricas sin suficiente pulpa para producir papel higiénico. Lo único de lo que Venezuela está bien abastecida son las filas. Aunque el gobierno ni siquiera ha comenzado el racionamiento de estas, expulsando a la gente basado en el último digito de su cédula nacional de identidad.

Y eso sólo va a empeorar. Eso es porque el presidente socialista, Nicolás Maduro, ha cambiado la ley para que la Asamblea Nacional controlada por la oposición no pueda quitar al gobernador del banco central o designar uno nuevo. No sólo eso, Maduro ha elegido a alguien que ni siquiera cree que hay tal cosa como la inflación como su zar económico.

“La inflación no existe en la vida real, esto es, cuando una persona va a un local y se encuentra con que los precios han aumentado, no está en presencia de una ‘inflación’”, escribió el nuevo ministro de Economía Productiva, Luis Salas. La inflación, en sus términos, “se presenta como la única posible porque es la explicación del sector dominante de la economía, en razón de la cual se la impone al resto”. Y así, Venezuela continuará haciéndolo. Si las pasadas hiperinflaciones sirven de guía, esto ocurrirá hasta que Venezuela no pueda permitirse el lujo de poner a trabajar sus máquinas de impresión —a menos que Maduro sea expulsado primero.

Por ahora, al menos, un fantasma recorre Venezuela: el espectro de las políticas económicas fallidas.

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Matt O’Brien es reportero de temas económicos para Wonkblog de The Washington Post

mfh

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