Colombia se prepara para la era de la paz
Después de 50 años de conflicto con las FARC, los narcotraficantes buscan sacar provecho. El gobierno de Colombia tiene en la mira a un grupo es especial, al que llama el Clan Úsuga.
Nick Miroff
Feb 13, 2016 |
17:17
Foto: Reuters
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Necoclí. A medida que el gobierno de Colombia se acerca a un acuerdo para poner fin a su conflicto de 50 años de antigüedad con las FARC, se está intensificando otra guerra en las selvas a lo largo de la costa del Caribe: la fortaleza de una organización de traficantes conocida como Clan Úsuga.

Desde hace más de un año, comandos colombianos entrenados por EU en helicópteros Black Hawk han estado buscando al líder del grupo, Darío Antonio Úsuga, alias Otoniel, en una campaña urgente para capturarlo o matarlo antes de que se firme una tregua con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

Tanto el gobierno como los traficantes saben que gran parte del tráfico de cocaína de 1,000 millones de dólares de Colombia estará en juego si las FARC -cuya rebelión se ejecuta gracias a las ganancias de la droga- se retiran del negocio; 7,000 combatientes pueden estar buscando nuevos puestos de trabajo. El Clan Úsuga será el nuevo lugar de contratación.

“No podemos ser ingenuos y pensar que el tráfico de drogas terminará con las FARC”, dijo el general Jorge Rodríguez Peralta, comandante de una división de las fuerzas especiales de la policía. “Hay mucho dinero de por medio”. La campaña contra el Clan Úsuga, llamada Operación Agamenón, es una señal de que Colombia y EU temen que las mafias se aprovechen de los acuerdos de paz para restablecer cárteles al estilo de Pablo Escobar, que minen la legislación a nivel de una insurgencia.

Asegurar el apoyo adicional de EU para la lucha estuvo en la agenda del presidente Juan Manuel Santos, quien visitó la Casa Blanca en una gira oficial para conmemorar el 15 aniversario del Plan Colombia.
Ese programa de 10,000 millones de dólares, financiado por el Congreso estadounidense, es considerado por muchos republicanos y demócratas como uno de los logros más exitosos en la política exterior de Estados Unidos de la última generación, obligando a las FARC a sentarse en la mesa de negociaciones después de medio siglo de violencia que ha dejado más de 220,000 muertos. Los legisladores estadounidenses han aprobado 296 millones de dólares en ayuda a Colombia en el 2016, un ligero descenso respecto del año pasado.

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El gobierno de Santos está tan decidido a debilitar el Clan Úsuga que está enviando considerables fuerzas militares de Colombia contra los traficantes. El ejército llevó a cabo ataques aéreos sobre dos campamentos en la selva cerca de la frontera con Panamá a finales del año pasado, matando a 17 sospechosos con bombas guiadas por satélite. En ese momento, los funcionarios colombianos justificaron el uso de la fuerza diciendo que creían que los guerrilleros estaban presentes en los campamentos. Sin embargo, las autoridades confirman que están buscando una nueva autoridad legal para ampliar el uso del poder aéreo letal contra Úsuga y otros jefes del hampa.

La organización Úsuga es, por mucho, el sindicato criminal más poderoso del país, con entre 1,500 y 2,000 miembros, está presente en más de la mitad del territorio nacional y posee un arsenal que incluye morteros, cohetes y minas terrestres. Si puede sobrevivir el tiempo suficiente para ver caer a las FARC, las recompensas potenciales son muy lucrativas.

Las autoridades dicen que las FARC están haciendo uso del cultivo masivo de coca para acumular dinero en efectivo antes de que se cierre el negocio bajo los términos del acuerdo de paz. A pesar de que el consumo de cocaína en Estados Unidos ha ido disminuyendo, la nación sigue siendo el mayor consumidor del mundo, y una inundación de drogas baratas podría desencadenar una nueva ola de abuso. El auge de la coca pone en marcha una carrera sangrienta por la cuota de mercado de las FARC -al menos 60% del tráfico de cocaína en Colombia, de acuerdo con estimaciones del gobierno-. Santos está tratando de forzar al segundo mayor grupo rebelde del país, el Ejército de Liberación Nacional (ELN), a entrar en las conversaciones de paz, y así evitar que entren en el mismo juego.

La cocaína, dijo el general Rodríguez, es “la gasolina” que alimenta a todos los grupos armados ilegales del país. “Quien se haga cargo del negocio de la droga va a ser mucho más eficaz que las FARC”, dijo Jeremy McDermott, un consultor de seguridad en Medellín y uno de los fundadores del proyecto InSight Crime, que estudia el crimen organizado en las Américas. Los rebeldes son temibles en el campo de batalla, pero no están especialmente cualificados como hombres de negocios, dijo. Por el contrario, el Clan Úsuga es una red altamente sofisticada cuyos mandos medios obtienen beneficios de la extorsión, la minería ilegal y el contrabando, el uso de comunicaciones cifradas y empresas para el lavado de millones de dólares provenientes de la venta de drogas. “Las FARC son aficionados en comparación con estos muchachos”, dijo McDermott.

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Clan Úsuga fue el nombre que le dio el gobierno al grupo de traficantes, pero en las calles de Colombia se les conoce como los Urabeños, llamados así por la región costera exuberante de Urabá, cerca de la frontera con Panamá, que ha sido un corredor de tráfico de drogas durante décadas.

El año pasado, las autoridades incautaron 15 toneladas de cocaína, con un valor 150 millones de dólares, sólo del grupo en Urabá, de acuerdo con estadísticas de la policía, lo que equivale a aproximadamente 10% de toda la cocaína confiscada anualmente en Colombia.

La base de helicópteros aquí funciona como un “centro de fusión”, donde agentes de narcóticos de Colombia, comandos y fiscales filtran las incursiones de inteligencia y planean ataques contra el Clan Úsuga.
Los comandantes dicen que están en contacto diario con la DEA y otras agencias de seguridad e inteligencia de Estados Unidos.

En una tarde reciente, docenas de comandos de la policía con fusiles y lanzagranadas automáticos despegaron en tres equipos de helicópteros en una incursión contra un supuesto mensajero del Clan Úsuga, con el apodo de Batman.

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Al aterrizar sus helicópteros Black Hawk en medio de una plantación de plátanos, las tropas rodearon la cabaña de Batman, encontrándolo descalzo y recostado en una hamaca con dos niños pequeños. Una pancarta de “Feliz cumpleaños” con el personaje de dibujos animados Peppa Pig se mostraba encima de la puerta. Batman entregó a las tropas su tarjeta de identificación y los invitó a entrar. Los agentes no encontraron drogas o armas, pero dijeron que sospecharon de la docena de gallos de pelea de raza pura a cargo de Batman. Parecía una colección de aves muy costosa para un trabajador bananero humilde. Un oficial afirmó que a Úsuga le gustan los gallos de pelea. “Éstos son probablemente suyos”, dijo el oficial.

Úsuga mismo es un producto de los intentos fallidos de desarme negociados por el gobierno. De joven se unió al Ejército Popular de Liberación (EPL), un pequeño grupo guerrillero que accedió a deponer las armas en 1991. Él vivió en relativa comodidad hasta el año pasado, según las autoridades, yendo y viniendo entre casas de seguridad en las montañas de Urabá y surtiendo de cocaína a traficantes mexicanos como el Cártel de Sinaloa. Ahora se encuentra huyendo, según las autoridades. “Lo vamos a detener este año”, dijo un agente de narcóticos de Colombia bajo anonimato, porque trabaja de encubierto. “Estamos cerca”.

Nick Miroff es corresponsal de América Latina para The Washington Post.

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