Zika refleja lo difícil de ser mujer en América Latina
La reciente epidemia del virus del zika pone al descubierto las limitantes que sufren las mujeres en Latinoamérica en temas de salud reproductiva y la libertad de decisión sobre su cuerpo.
Jill Filipovic / The Washington Post
Feb 13, 2016 |
9:58
Foto: Reuters

El virus del zika tiene a las mujeres en edad reproductiva, familias y gobiernos de todo el continente americano nerviosos, y por buenas razones. Unos 4,000 niños han nacido con microcefalia, una condición caracterizada por una cabeza anormalmente pequeña y daño cerebral potencialmente devastador, posiblemente causada por el virus. El zika se ha encontrado en más de 20 países y podría infectar a un máximo de 4 millones de personas. Los centros de Estados Unidos para el Control y la Prevención de Enfermedades han aconsejado a las mujeres embarazadas en Estados Unidos a no viajar a los países afectados. La amenaza es tan grave que el gobierno de El Salvador invitó a las mujeres a posponer el embarazo hasta el 2018.

Además de la obvia paradoja (¿cómo se puede prevenir el embarazo en un país católico donde la Iglesia se opone a los condones y las píldoras anticonceptivas?), la respuesta al zika de los gobiernos de América Latina es sorprendente: muestra la indiferencia que muchos tienen hacia la mujer, la maternidad y hacia los cálculos complejos y profundamente personales que las mujeres hacen al decidir ser madres o no, a menudo a expensas de la salud pública.

Según la consultora Gallup, las personas que viven en América Latina son menos propensas a decir que las mujeres son tratadas con respeto y dignidad que las personas que viven en cualquier otro lugar en el mundo. La violencia contra las mujeres es endémica -en Perú, por ejemplo, la mitad de las mujeres dicen que su primera experiencia sexual fue forzada-.

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La pobreza sigue siendo feminizada. El acceso a la anticoncepción está mejorando, pero sigue siendo bajo para los adolescentes y las mujeres de bajos ingresos en particular. La mitad de los embarazos no son planeados. A pesar de las leyes contra el aborto severamente restrictivas de la región, se estima que hay 4.4 millones de abortos cada año en América Latina y el Caribe, 95% de ellos inseguros. Cada año, 1 millón de mujeres de América Latina terminan hospitalizadas y un estimado de 2,000 de ellas mueren a causa de abortos inseguros. Ésas también son epidemias, y han sido en gran parte acogidas con un encogimiento de hombros.

Tomemos El Salvador como ejemplo. Por cada 100,000 mujeres que dan a luz, 54 mueren por causas relacionadas con el embarazo. (Por el contrario, en Dinamarca son siete, en Francia, ocho y en Estados Unidos, 14). A diferencia de la mayor parte del mundo, las muertes maternas en El Salvador han ido en aumento desde el 2003.

El aumento de las muertes maternas ha levantado poca indagación en los líderes del país. El Salvador es uno de los siete países de la región que prohíbe el aborto en todos los casos, ni siquiera se permite el procedimiento para salvar la vida de la mujer embarazada. Las mujeres no sólo van a la cárcel por tener abortos, sino por dar a luz un hijo muerto o por nacimientos prematuros que los funcionarios creen que están relacionados con el aborto. Cuando una mujer tuvo un embarazo que no sólo amenazaba su vida, sino que era anencefálico (es decir, el feto carecía de cerebro), se solicitó a la Corte Suprema de El Salvador permitirle un aborto para salvar la vida. Se lo negaron, argumentando que la amenaza hacia su vida “no es real o inminente, sino más bien una eventualidad”.

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La microcefalia tiene una variedad de causas, de las cuales se sospecha que el zika es una de ellas, pero los expertos dicen que los niños microcefálicos cuyos trastornos parecen ser causados por el zika tienen anormalidades particulares, y aquellos cuyas madres fueron infectadas durante el primer trimestre sufren el daño cerebral más grave. Muchos niños nacidos en América Latina tendrán discapacidades profundas y requerirán de atención por el resto de sus vidas. El gobierno de El Salvador expresa preocupación por los niños, pero poca asistencia práctica a sus madres, y ciertamente no contempla a las mujeres para tomar decisiones críticas acerca de sus propios embarazos.

Es poco probable que a las mujeres de América Latina fuera de El Salvador les vaya mejor. La zona cero del brote del zika es Recife, una ciudad brasileña con pobreza generalizada. Hace algunos años, un niño de nueve años se presentó en el hospital con su madre. Ella estaba embarazada de gemelos tras ser violada por su padrastro. Bajo la ley, su caso fue un trío de excepciones al aborto: ella era menor de edad, víctima de violación y, al ser muy joven y cargar con dos fetos, el embarazo ponía en peligro su vida. Los tribunales brasileños le concedieron un aborto legal. La Iglesia católica intervino, excomulgó a la madre de la niña y al médico que realizó el procedimiento, pero no al padrastro violador. Olimpio Moraes, el médico, aún vive en Brasil.

La política “pro vida” en Brasil y la influencia de la religión ponen en peligro la salud de las mujeres más allá del aborto —según Moraes, una oposición al derecho al aborto también significa que muchas mujeres embarazadas y que dan a luz reciban atención deficiente.

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El ejemplo más claro, dice Moraes, es el misoprostol, un fármaco comercializado por la marca Cytotec que induce tanto las contracciones como el aborto y se utiliza para combatir la hemorragia después del parto. La droga ha bajado las tasas de muerte materna en todo el mundo de manera significativa. También ha disminuido las muertes por aborto ilegal, ya que el uso de misoprostol es una forma mucho más segura para poner fin a un embarazo que tener una cirugía clandestina.

El gobierno de Brasil está tan preocupado por las mujeres que interrumpen su embarazo ilícitamente que han restringido el acceso al misoprostol, lo que hace que no esté disponible en las farmacias. Moraes dice que esto también hace más difícil su acceso incluso en las salas de maternidad del hospital: la prohibición de interrumpir el embarazo era más importante que dar a las mujeres en trabajo de parto fácil acceso a un medicamento que podría salvar su vida.

Regresando al zika. Una vez más, prohibir a las mujeres tomar sus propias decisiones sobre el embarazo tiene prioridad sobre las preocupaciones de salud pública, incluso mientras los gobiernos luchan por evitar miles de nacimientos de niños con profundo deterioro. Una vez más, la carga recae sobre las mujeres para que eviten el embarazo, y de nuevo, esas mismas mujeres tienen pocas herramientas para hacerlo. En ningún momento se ha dado a las mujeres el apoyo médico, social y financiero necesario para llevar a cabo la tarea que se les asigna. El zika significa que a las mujeres, que ya llevan un peso enorme con poca ayuda, se les están asignando aún más cargas reproductivas, en países donde se degrada su trabajo y sus propias decisiones son denigradas y carecen de apoyo. Es poco probable que el estatus socioeconómico de millones de mujeres cambie en unas pocas semanas. Su acceso a la atención sanitaria, incluyendo la anticoncepción y el aborto, podría cambiar, si hay voluntad política. Tal vez el virus finalmente haga que los gobiernos de América Latina se den cuenta de que la carga que se ha impuesto a las mujeres es demasiado pesada. Tal vez un mosquito finalmente incline la balanza.

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Jill Filipovic es periodista y abogada.

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