El fantasma del fascismo recorre el mundo
La victoria del VVD y de su candidato Mark Rutte en Holanda parece más un ligero tropiezo de los movimientos nacionalistas europeos que una auténtica continuidad del proyecto liberal del viejo continente.
Foto: Reuters

Los gobernantes de varios países europeos se sintieron aliviados con el triunfo del Partido por la Libertad y la Democracia (VVD, por su sigla en holandés) en las elecciones parlamentarias en Holanda. La canciller alemana Angela Merkel felicitó a los votantes holandeses por haber tenido “un buen día para la democracia” y el presidente francés, Francois Hollande, definió la jornada electoral holandesa como “una clara victoria contra el extremismo”, según The Guardian.

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La victoria del VVD y de su candidato Mark Rutte parece más un ligero tropiezo de los movimientos nacionalistas europeos que una auténtica continuidad del proyecto liberal del viejo continente. Con más de 95% de los votos auditados, los 33 asientos que obtuvo el VVD en las elecciones holandesas muestran una reducción de casi 20% de los 41 escaños que conquistó en los comicios del 2012; mientras que el candidato de extrema derecha Geert Wilders y su Partido por la Libertad (PVV) registraron un aumento de más de 30% de los lugares que les corresponden en el Parlamento, al pasar de 15 a 20 asientos.

De acuerdo con el politólogo holandés Cas Mudde, las elecciones parlamentarias en Holanda no son un juego en el que exista un ganador que se lleve todo y un perdedor que se va con las manos vacías. Más bien, los holandeses tuvieron unos comicios basados “en el sistema electoral más proporcional del mundo, lo que significa que habrá muchos ganadores y muchos perdedores”.

Los resultados de las elecciones en Holanda son, más que una victoria de la democracia, un pequeño paso del nacionalismo y el fascismo que se hicieron cada vez más evidentes desde la salida del Reino Unido de la Unión Europea (Brexit) y la llegada a la presidencia de Estados Unidos de Donald Trump, algo que también parece abrir la puerta a una importante participación de la candidata de extrema derecha Marine Le Pen, durante las elecciones presidenciales en Francia, en abril y mayo próximos, y al continuo ascenso que ha tenido Alternativa para Alemania, el partido de extrema derecha liderado por Frauke Prety.

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La supresión de la libre circulación de personas, mercancías y capitales en el Reino Unido que implica el Brexit; el veto migratorio y los constantes ataques a los medios de comunicación del presidente Trump y las declaraciones del holandés Wilders acerca de la necesidad de expulsar a la “escoria marroquí” son todas señales del espíritu fascista que apela a los sentimientos de la sociedad, ese mismo espíritu que detentaron Adolf Hitler, en Alemania, Benito Mussolini, en Italia, y Augusto Pinochet, en Argentina, durante el siglo XX.

De acuerdo con Rachel Shabi, de Al-Jazeera, los ingleses, los estadounidenses y los europeos, en general, han reaccionado al Brexit, a la elección de Donald Trump y al ascenso de las preferencias de Wilders en Holanda con las mismas respuestas que caracterizaron a sociedades que han vivido muestras de este fascismo: “una parálisis ante su repentina entrada al terreno político y la incapacidad de reconocerlo una vez que ha llegado al poder”.

“El fascismo comienza como algo en el aire. Furtivo como el humo en la oscuridad, más fácil de oler que de ver. El fascismo (...) apela a la emoción, no a los hechos. Comienza como una pose, a menudo engañosa. Le gusta la propaganda, no le gusta la verdad, e invierte mucho en el espectáculo. Impotente por su propia incoherencia, es antiintelectual y, sin embargo, desprecia a la población, incluso mientras explota la mentalidad de la muchedumbre”, advierte la escritora británica Jay Griffiths en un artículo de Aeon. Aunque muchos escritores, periodistas y politólogos han vinculado a Trump, Wilders, Le Pen y Prety con el líder nazi Adolfo Hitler, para Griffiths el fascismo que encarnan estos personajes proviene de la Italia de Benito Mussolini y no de la Alemania nacional-socialista de Hitler.

Griffiths destaca las similitudes entre las propuestas actuales de los líderes de la extrema derecha en todo el mundo y los principios del llamado Futurismo italiano que sirvieron como base del régimen fascista de Benito Mussolini a partir de los años 20 del siglo XX. El fascismo político emana del fascismo emocional. Ésta es la premisa desde la que parte Griffith para hablar de Gabriel D'Annunzio, Filippo Marinetti y del Manifiesto Futurista escrito por éste último y publicado en el periódico italiano Le Figaro, en 1909, como referentes de los movimientos de extrema derecha a nivel mundial.

“Queremos exaltar la acción agresiva, el pie de carrera, el salto mortal, el golpe y el puñetazo (...) Queremos glorificar la guerra —única higiene del mundo—, el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los anarquistas, las ideas por las cuales se muere y el desprecio por la mujer (...) Queremos destruir los museos, las bibliotecas, las academias variadas y combatir el moralismo, el feminismo y todas las demás cobardías oportunistas y utilitarias”, rezan algunos fragmentos del Manifiesto Futurista.

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A partir de estos fragmentos, es posible observar cómo la ambición, la soberbia, el éxito a toda costa, la xenofobia, la velocidad y el desprecio por todo lo que representa cualquier signo de debilidad son las cualidades que conectan a la actual extrema derecha de Trump, Wilders y Le Pen con el Movimiento Futurista de principios del siglo XX.

Los futuristas detentaron el triunfo de la máquina sobre la naturaleza, a tal grado que tenían la intención de desviar el cauce del río Danubio para que corriera en línea recta a una velocidad de 300 kilómetros por hora. “Este desprecio por la naturaleza es una de las características de la extrema derecha actual”, explica Griffiths. Tal es el caso de Ron Arnold, vicepresidente ejecutivo del Centro por la Defensa de la Libre Empresa en Estados Unidos, quien ha manifestado que: “Nuestro objetivo es erradicar el movimiento ambiental”. La designación por parte de Trump de Scott Pruitt, un reconocido negacionista del cambio climático y el calentamiento global, al frente de la Agencia para la Protección del Ambiente; así como el relanzamiento del oleoducto Dakota, que el expresidente Obama había cancelado, son algunas otras señales de la actitud fascista de Trump y sus seguidores en Estados Unidos.

“Toma una verdad (cambio climático, campos de concentración en Serbia) y simplemente declara que es una mentira (un mito, un engaño, una estafa). Siéntate y espera un minuto, y una prensa muy crédula, con poca responsabilidad editorial te ayudará felizmente a decirle al público que han sido engañados. Nadie quiere sentir que ha sido engañado. Así que ¡presto! Tienes una guerra de ideas. Sin pruebas, argumentos o pruebas. Sin experiencia ni conocimiento”, explica Griffiths.

Según Rachel Shabi, “los historiadores se han dividido sobre si describir el Trumpismo como un tipo de fascismo”.

Esta misma división aparece entre la opinión pública de países como Francia, Inglaterra, Holanda y Alemania cuando deben enfrentar movimientos como el del Partido por la Libertad holandés, de Geert Wilders, lo que ha provocado que la palabra fascismo corra el riesgo de perder la carga semántica que lo sostiene. “También es cierto que el uso excesivo del término fascismo socava su efecto (...) Es posible que nos hayamos vuelto complacientes y tal vez abrimos la puerta al mal uso de la palabra: en estos días, todo el mundo es fascista”, refiere Shabi.

Para la periodista británico-israelí, es necesario encontrar un punto medio entre la normalización y el escándalo ante el fascismo. Designar a una persona, un régimen o un movimiento como fascista no tiene el cometido de buscar la confrontación sino el de buscar la reacción adecuada en la sociedad. “Significa no tomar un gobierno o un liderazgo de este tipo como normal”.

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El fascismo, cuando es identificado, requiere un tipo particular de oposición, explica Shabi. La palabra fascismo funciona entonces como una línea, una frontera, que asegura que los regímenes de odio y la extrema derecha no tengan la oportunidad de normalizarse entre las sociedades a nivel mundial.

rodrigo.riquelme@eleconomista.mx

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