Óscar 2017: Tiempos de cambio
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Feb 28, 2017 |
22:21
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Las Horas Perdidas
Ricardo García Mainou
Columnista en El Economista
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Impredecibles, caóticos, felices, y catárticos para muchos

Como suele suceder, lo dijo primero Bob Dylan: Come writers and cri-tics / who prophesize with your pen / and keep your eyes wide / the chance won’t come again / and don’t speak too soon / for the wheel’s still to spin / and there’s no telling who that it’s naming / for the loser will be later to win / cause the times they are a-changing. (Vengan escritores y críticos / que profetizan con su pluma / y tengan sus ojos abiertos / la oportunidad no volverá / y no hablen dema-siado pronto / porque la rueda todavía va a girar / y no sabremos a quién nombra / y el perde-dor ganará después / porque los tiempos están cambiando).

Y si alguien se suscribe a aquello de que los tiempos están cambiando fue la Academia de Hollywood, que entiende que en la era de Trump cada quién tiene que pintar su raya. Una institución que se ha caracterizado a lo largo de décadas por una votación conservadora que más de una vez ha bordeado en el racismo. Que ha visto su audiencia declinar y aun así sigue siendo la máxima aspiración en su medio creativo (pueden decir lo que quieran pero no hay cineasta mundial que no sueñe con ganarse el Óscar). Que ha protagonizado años de contrición donde la culpa y el peso de la opinión pública los ha llevado a la apertura a regañadientes. Esa institución, vetusta y casi monolítica de miles de votantes blancos retirados, decidió poner un hasta-aquí.

Después del año #Oscarsowhite, llegó el año #Oscarwentblack en una ceremonia sin precedentes en todos los sentidos. Como dijo James Corden: Hubo ganadores sorpresivos, perdedores sorpresivos y ambos.

Dos actores afroamericanos ganaron, uno de ellos, el primer actor musulmán. Ganó un cortometraje sobre los cascos blancos que salvan vidas en Siria. Una película de un país vetado por el gobierno federal, y desfiló la muestra más diversa de presentadores. Pero más aún, frente a la disyuntiva entre una película escapista y espectacular sobre los sueños del mundo del espectáculo, y otra incómoda, empática y bella sobre la búsqueda interior y maduración emocional de un hombre, los votantes se decantaron por la segunda. Y estoy seguro que sí importó que Moonlight fuera la historia de un niño/joven/hombre negro y gay que creció en un mal barrio de Miami; perseguido por su sexualidad, con una madre adicta y criado por un sensible dealer cubano.

Moonlight no ganó a pesar de eso. Ganó gracias a eso. Sí, artísticamente es sobresaliente y tiene muchísimos méritos técnicos, pero muchas películas igual de logradas se han quedado en la orilla a lo largo de los años. Moonlight ganó porque los votantes decidieron ponerle un hasta aquí al gobierno de Trump, y con suerte (y un poquito de esperanza), un hasta aquí a los prejuicios de su propio pasado.

No es un salto menor. A pesar de que una de las editorialistas de The New Yorker lo caracterizó amargamente como una muestra más de hipocresía. Veamos...estamos hablando de la misma Academia que no le dio el premio a Brokeback Mountain en el 2005 por contar una historia de amor gay entre blancos, la misma Academia que ha celebrado el cine de Damien Chazelle, donde los blancos salvan al jazz.

Los mejores momentos de la noche: la carta que mandó Farhadi, las palabras de Gael, los números musicales, el humor de Jimmy Kimmel (el mejor host desde Billy Crystal) y el discurso de la gran Viola Davis. Pero más que todas, las conmovedoras palabras de Kevin O’Connell, veinte veces nominado desde 1984 (la peor racha de la historia), a recibir su primer Óscar. 39 años atrás, trabajaba de bombero cuando su madre le consiguió su primer empleo como sonidista. “Cuando le dije ‘cómo puedo agradecerte’, ella me dijo. ‘Puedes trabajar duro. Puedes trabajar muy duro y un día ganarte un Óscar y pararte en el escenario y pensar en mí frente a todo el mundo’. Mamá, sé que me estás mirando desde allá arriba esta noche. Gracias”.

La ceremonia pasa también a la historia por sus dos terribles metidas de pata. La primera fue proyectar el rostro de Jane Chapman, una productora australiana viva, sobre el nombre de Janet Patterson, diseñadora de vestuario (fallecida en 2015), durante su segmento de homenaje In Memoriam.

La segunda la conoce todo el mundo. Cuando el sobre equivocado fue leído por 
Faye Dunaway como el resultado del premio más importante de la noche. Un error humano de los contadores de PriceWaterhouseCoopers, que sólo ellos podían haber remediado. Los dos contadores encargados de cuantificar los votos son quienes entregan los sobres. Cada resultado se imprime por duplicado y en cada extremo del escenario, un contador entrega el sobre correspondiente al presentador (dependiendo de qué lado entra este). El resultado final no está en ningún otro sitio. No lo conoce ni la presidenta de la Academia. Los contadores ni siquiera lo anotan en un papel para que nadie lo robe: Lo memorizan.

En el momento fatídico, la persona encargada le entregó el sobre de la categoría anterior a Warren Beatty. Él se dio cuenta al abrirlo pero no supo qué hacer. Antes de que reaccionara, su desconcierto interpretado como broma, Dunaway leyó la tarjeta y la dijo en voz alta. Mientras la gente de La La Land caminaba entre abrazos hacia el escenario, los contadores buscaban al asistente de producción adecuado para parar la ceremonia. El daño estaba hecho, pero fue un daño menor.

La entrega de premios más predecible del mundo del espectáculo resultó impredecible, caótica, feliz, y catártica para muchos; con una ganadora a Mejor Película de la que la Academia puede sentirse orgullosa en más de un sentido.

@rgarciamainou

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