Expectativas rebasadas
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Mar 7, 2017 |
21:46
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Las Horas Perdidas
Ricardo García Mainou
Columnista en El Economista
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Legión y The OA son nuevas narrativas con capítulos absorbentes y adictivos.

La televisión continuamente busca premisas detonantes para contar historias. En tiempos irracionales, las enfermedades mentales pueden ser un manantial interminable de potenciales hilos narrativos.

Pensemos por ejemplo en Legión (FX), una nueva visita al mundo Marvel (en la versión de mutantes de que tiene licencia la Fox). Noah Hawley, que hizo maravillas con las primeras dos temporadas de Fargo, tiene en sus manos a uno de los antihéroes más interesantes de la interminable lista de pupilos del legendario Profesor X.

Cuando Marvel licenció los X-Men a Fox, no imaginó que después tendría que reinventar todo su universo para contar la saga que va desde los Avengers hasta los agentes de S.H.I.E.L.D. sin los mutantes. Se sugiere su presencia (pensemos en la formidable Jessica Jones y Luke Cage los antihéroes urbanos que dejó en manos de Netflix), o se recurre a la etiqueta de inhumanos, para poder utilizar la misma idea sin romper contratos: bemoles del copyright.

Si alguien piensa que Legión es una más en la agotadora invasión de superhéroes de los últimos años, estará muy equivocado. Esta no es la narrativa del bien contra el mal, el caso de la semana y mantener identidades secretas en ciudades infestadas por el crimen. De hecho su estilo visual se distancia de la estética estadounidense, apuntándose más en una tradición británica que recuerda al mejor Matthew Vaughn (Kickass) o hasta a Danny Boyle (Trainspotting).

La serie inicia con un montaje de la vida de David Haller al son del Happy Jack de The Who. Este inicio es paradigmático de la propuesta de Hawley. David, que a temprana edad juega feliz con su hermana, crece para volverse un adolescente conflictivo, y poco después lo encontramos internado en una estilizada y extraña clínica, donde aborda distintas terapias para superar lo que ha aprendido a aceptar como esquizofrenia.

La historia la vamos conociendo como David la recuerda, y esa subjetividad viaja por todos sus estados mentales, desde la paranoia hasta la negación, pasando por pesadillas inquietantes. Tras cada imagen irracional, hay un intento de contención, suyo, de sus médicos, o de los extraños interrogadores que han aparecido para averiguar qué diablos pasó en la clínica.

El final del primer capítulo ofrece una posible explicación y es una secuencia formidable que no voy a echar a perder a los lectores. Baste decir que Legión es parte de una nueva generación de propuestas televisivas, que su elenco encabezado por el carismático Dan Stevens (Downton Abbey) es muy afortunado, y que se recomienda dejar a un lado ideas preconcebidas sobre el género y simplemente disfrutar.

Esa idea de etiquetar con un diagnóstico clínico todo lo que no entendemos, está en el centro de otra misteriosa serie revelación que estrenó Netflix en diciembre pasado. Me refiero a The OA, producto de la brillante colaboración de Brit Marling y Zal Batmanglij.

Marling ha sido una presencia frecuente del circuito de cine independiente y el festival de Sundance. Una talentosa actriz y guionista, que participa activamente en la concepción de sus proyectos. Su trayectoria, que incluye películas como Sound of my Voice y la inolvidable Another Earth, permitió que Netflix le diera luz verde no sólo a su proyecto de serie de TV, sino a desarrollarla casi en completo secreto.

Las cadenas televisivas prefieren amarrar a su público. Establecer desde el principio premisas básicas acordes a expectativas cuidadosamente diseñadas por campañas de mercadeo. En suma: la promesa de entretenimiento garantizado porque la serie se parece a todas estas otras que te han entretenido.

La idea de Marling es completamente opuesta. The OA pretende conectar emocional e intelectualmente con su público. Para ello requiere un voto de confianza de un espectador que acepta un diseño que nunca es lo que aparenta. Que necesita cierto tiempo para desarrollar sus ideas y cuya única promesa es recompensar la paciencia con creces. Como toda buena historia, establece algunos anzuelos para atraparnos. No sé si lo consiga frente a espectadores impacientes que busquen distracción sin complicaciones.

En el primer episodio, Praire, una chica ciega que estuvo desaparecida por años, es encontrada en el borde de un puente. Sus padres y la policía están perplejos, no sólo porque parece incapaz de explicar dónde estuvo prisionera, sino porque además ha (¿milagrosamente?) recuperado la vista.

Praire (interpretada con sensible y honesta intensidad por Marling) es una chica rara, desde la infancia ha sido tratada por varios desórdenes mentales y eso provoca que sus padres y las autoridades la miren con extrema desconfianza. La familia vive en un poblado suburbano donde la depresión económica y los problemas de drogas son evidentes. Poco a poco, Praire conecta con jóvenes solitarios de la preparatoria local y los convoca a un extraño grupo al que cuenta su historia.

No digo más. Son pocos episodios, son extraordinariamente absorbentes y adictivos. Lo único que vale la pena añadir es que la recompensa bien vale la pena. 
The OA tiene algunos de los momentos más intensos y conmovedores que he visto en televisión en mucho tiempo.

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