Distracciones
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Abr 4, 2017 |
21:15
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Las Horas Perdidas
Ricardo García Mainou
Columnista en El Economista
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Una de las teorías de conspiración favoritas señala que quien detenta el poder siempre buscará distraer al pueblo para que éste no se dé cuenta de lo que realmente está haciendo o sucediendo en su planeta, país, ciudad, empresa, etcétera.

Es la teoría del adagio romano del pan y circo para el pueblo que hoy en día ha evolucionado hasta incluir, según quién la profese, a la Iglesia, el futbol, las telenovelas, los reality shows, los medios masivos de comunicación o Internet con todo y las redes sociales.

La idea tiene una raíz profunda y religiosa, particularmente en Occidente, apuntalada en aquella idea de que el mayor éxito del demonio es hacerte creer que no existe. O sea, que el triunfo del Hubris del mal se consigue cuando se concluye que no hay mal, (¿o que no hay mal que por bien no venga?).

Es una presuposición muy interesante, porque implica que: a) hay alguien en control; b) hay alguien a quién distraer, que si no estuviera distraído, tomaría en sus propias manos el control.

Si fuera cierto. Si hay un titiritero o titiriteros, mirando condescendientemente a la humanidad mientras aplican una u otra estrategia para dispersar las miradas en los sucesos más banales, habría que cuestionarlo todo.

¿Ese suceso que todo mundo comenta es una distracción para que no nos demos cuenta de x (permítaseme usar la x, variable por excelencia)? Si así lo fuera, ¿no será que denunciar la distracción es la verdadera distracción con el propósito de quitar nuestra atención de ese suceso que hoy todo mundo comenta para que la pongamos en x?

¿Por qué será que cualquier dilema de este tipo termina reduciéndose a aquel dilema elemental de que si el huevo fue primero o la gallina?

Si el medio es el mensaje, como alguna vez dijo McLuhan, entonces, ¿importa acaso lo que esté diciendo el medio?

Valgan algunas distracciones recientes para ilustrar la discusión:

Una periodista denuncia a un taxista que le grita, desde la impunidad de su ventanilla, en el tránsito: “guapa”. Bajo la legislación de la ciudad el taxista, se hace acreedor a una multa. El taxista no la paga y pasa unas horas detenido. La periodista escribe orgullosa sobre su reivindicación de su derecho a ser deseada, y enunciando ese deseo sólo por quién ella decida. El artículo provoca aplauso teórico feminista y también indignación de los defensores de la pobreza del taxista y de un volumen insólito de misóginos virtuales que proceden a insultar y amenazar a la periodista. Ella escribe un segundo texto. Temerosa e indignada. Recibe más insultos y amenazas. Llueven textos a favor y en contra de la periodista y, sobre todo, del acoso al que es sujeta. La periodista descubre entonces el progreso real de las leyes en su ciudad: en la calle ya no te pueden decir “guapa” sin que sea delito, pero en Twitter te pueden amenazar de muerte y mil barbaridades más en forma impune (¿cómo proceder contra @hdp2131?).

Un juez que no debería de serlo (o haberlo sido) dictamina que los abusos que un grupo de jóvenes realizaron a una menor de edad (documentados desde hace años) no son “abuso sexual” porque el rojo es verde, el amarillo violeta, y los colores no son colores si el que los pinta estaba pensando en blanco y negro mientras apretaba el disparador del bote de grafiti (nótese el uso de la analogía como eufemismo del absurdo).

Indignación nacional e internacional. Denuncias al juez. Su rostro y fotos de su familia circulan por el jurado que siempre encuentra culpables: las redes sociales. Amenazas de violencia y venganza contra el juez (como en su momento circularon contra la joven víctima). El juez es suspendido en lo que se averigua si hubo corrupción, ineptitud, insensibilidad o todas las anteriores. El líder de los jóvenes abusivos, apodado el Porky, en alusión a una película que ninguno de los que así le dice vio, sigue libre.

¿Cuál es la distracción y cuál el suceso en que debemos poner atención? ¿El artículo de la periodista? ¿La sentencia del juez local al taxista? ¿La no sentencia del juez federal al junior? ¿La misoginia y machismo en las redes sociales? ¿La complacencia de aplastar al más débil? ¿La falta de legislación para las amenazas y la violación de la privacidad? ¿La falta de protección frente al acoso cibernético? ¿Y para el abuso sexual? ¿El exceso de protección frente al piropo vulgar de banqueta? ¿La ineptitud legislativa para priorizar sus protecciones?

¿De qué nos distraen estas noticias? ¿De la contaminación, la falta de igualdad de ricos y pobres y mujeres y hombres; de acordarnos de la corrupción del sistema político de cara a la siguiente elección? ¿Nos distraen del insatisfactorio trabajo, de la felicidad efímera de resolver un nivel difícil del Candy Crush; de la soledad amarga frente a la pantalla del teléfono y los seguidores virtuales, de ver obsesivamente algún estreno de Netflix? ¿Ninguna de las anteriores? ¿Todas las anteriores?

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