Leer para creer
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Abr 18, 2017 |
21:11
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Las Horas Perdidas
Ricardo García Mainou
Columnista en El Economista
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Juan Pablo Villalobos y su sentido del humor ácido en la novela negra de narcos a la mexicana.

Desde Fiesta en la madriguera, Juan Pablo Villalobos irrumpió en las librerías con un estilo que combinaba un sentido del humor ácido con una lectura refrescante de la novela negra de narcos a la mexicana.

Villalobos no aborda el género por moda, ni apela al entusiasmo de los editores por el “éxito probado”; lo hace porque el submundo criminal le ofrece una oportunidad para aplicar el bisturí afilado a los valores aspiracionales de la sociedad mexicana.

Nunca más palpable que en No voy a pedirle a nadie que me crea (Anagrama). Novela donde se contrasta el mundillo estéril de las aspiraciones académicas, con los otros, que buscan negocios de alto nivel y mejorar la raza conectando con el dinero y el pedigrí europeo.

La novela fluye en varias líneas narrativas. En la principal, Juan Pablo Villalobos, un estudiante de posgrado homónimo al autor, es obligado e intimidado para seguir los designios de un mafioso de solvencia internacional apodado “el licenciado”. Para esto viaja a Barcelona con Valentina, su eterna novia veracruzana, a estudiar un doctorado y bajo amenazas, sumarse a una opaca conspiración de lavado de dinero.

Como personaje, Juan Pablo, es un académico pusilánime, incapaz de plantarle cara a la vida. Agobiado por enfermedades cutáneas y apenas sacudido fuera de un mundo literario donde todos sus referentes le sirven de poco. Juan Pablo reacciona a lo que hacen los otros y se mueve cual pelota de Pinball, golpeado de un lado a otro en un juego en el que no tiene posibilidad alguna.

Lo que leemos es la novela que Juan Pablo (el personaje) escribió en su laptop para de alguna manera procesar lo que le sucedió y buscar catarsis. Un recurso con una larga tradición literaria y cinematográfica donde sólo conocemos lo que transpiró a través del testimonio subjetivo del narrador/testigo. Desde El manuscrito encontrado en Zaragoza de Potocki hasta su variante en videotape en las películas de la bruja de Blair.

Son historias donde parte del placer está en la imposibilidad de saber lo que realmente sucedió. Sus narradores no pretenden una crónica de los sucesos, porque no “escriben” con el lector en mente, sino desde su subjetividad, miedos y ceguera. No le piden a nadie que les crea, como repiten cual credo en esta novela. El que el personaje se llame como el autor del libro, y que además sea de Jalisco y esté estudiando en Barcelona (como hizo Villalobos), es un recurso más del autor, que se vale de la metaficción como guiño cómplice con el lector.

Una de las virtudes de Villalobos es una prosa con distintos niveles de lectura, donde el subtexto dice más que lo aparentemente evidente. Y aunque el juego es más afortunado en Fiesta en la madriguera, acá también funciona gracias al contraste entre la narración de Juan Pablo, el diario de Valentina y la correspondencia de dos personajes.

El diario es una crónica de desamor, despecho y desesperación. Valentina no sabe lo que pasa con Juan Pablo, la vida europea le sienta mal, no tiene dinero, y sólo encuentra solaz en su relación con un ocupa italiano que mendiga y suelta consignas en una de las plazas de la ciudad.

La trama criminal es lo menos relevante. Un macguffin literario que al margen de su verosimilitud, funciona como detonador. Y aunque la corrupción es omnipresente, queda claro que Villalobos no pretende ni ahondar ni discurrir sobre narcotráfico o lavado de dinero. La amoralidad funciona mejor para construir caricaturas corrosivas, como la de la vida académica barcelonesa, donde las chicas se llaman Laia y los temas de tesis provocan más de una carcajada al lector que haya transitado por cualquier facultad contemporánea de humanidades.

La novela, particularmente la parte que narra Juan Pablo, está llena guiños estilísticos que delatan el buen oído de Villalobos. Entre ellos, el uso de apodos: el licenciado, el Nen, el chino, el árabe, el Chucky, el boludo y demás, que permiten el recurrente chiste del mexicano, el chino y el argentino que entran a un bar... Es el humor de la repetición deliberada también presente en las voces: el Nen que dice Nen, el propio Juan Pablo que no puede evitar la muletilla “este”, el argentino que no puede evitar decir “boludo” cada tres segundos.

Donde Villalobos encuentra oro puro es en las aspiraciones superficiales de la clase media mexicana. Este lo encontramos en las cartas póstumas del primo de Juan Pablo y los e-mails de su madre. Las primeras abordan el discurso profundamente vacío, si se vale la contradicción, del dinero como leitmotiv. Es la lógica de los negocios de alto nivel donde el balance es el único valor moral. La moral del mirrey. Los segundos como desfile de los prejuicios clasistas de la sociedad mexicana. Dos voces preciosas que nos hacen reír porque ponen, como el mejor Ibargüengoitia, un espejo tan incómodo como irresistible en el lector mexicano.

No voy a pedirle a nadie que me crea ganó el premio Herralde que convoca la editorial Anagrama en 2016.

@rgarciamainou

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