El silencio de Jonathan Demme
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May 2, 2017 |
20:21
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Las Horas Perdidas
Ricardo García Mainou
Columnista en El Economista
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La primera vez que vi a
Jonathan Demme fue en un cameo. Uno de esos pequeños papeles, mitad homenaje, mitad guiño a los cuates del director, en que Demme interpretaba a un agente del FBI en la fantástica comedia escapista Into the night de John Landis.

Ed Okin (Jeff Goldblum) el extraño héroe se ve envuelto con Diana (Michelle Pfeiffer), una mujer fatal, y un sindicato de criminales árabes en una serie de enredos hasta que finalmente cae en manos del FBI. En un cuarto de motel se acerca al agente y le dice.

–¿Estoy arrestado o qué?

–Creo que esto cae en la categoría de “o qué” – responde Demme y se guarda dos fajos de billetes en el saco.

Esto es seis años antes de su éxito económico y artístico. El director, que pasó de crítico a guionista adjunto de Roger Corman, antes de pasar del cine serie B de explotación a la veleidosa palestra de Hollywood, se formó sobre la marcha, en la escuela de bajo presupuesto y efectividad narrativa de Corman.

“No fui a la escuela de cine, así que mi aprendizaje se hizo en público y se ve en la pantalla”, dijo en una entrevista. Demme creía que cada película merecía su propio estilo visual y que éste se descubría con un buen guión y actores.

Fue un tipo universalmente querido. Durante su carrera impregnó su calidez y empatía a los personajes de una filmografía ecléctica donde desfilaron comedias, videoclips, conciertos, documentales políticos, dramas históricos, remakes fallidos y la suprema glorificación del cine de horror.

Era tan buen tipo, que avergonzado por la controversia que provocó el retrato del asesino Buffalo Bill en El silencio de los inocentes, decidió lavar cualquier posible afrenta a la comunidad gay con su siguiente película: La historia de un abogado con SIDA que es despedido de su despacho cuando da a conocer su diagnóstico. Filadelfia fue una película oportuna e ideal para su tiempo, en pleno terror homofóbico por la epidemia de SIDA, pero una que no ha envejecido bien.

Demme hizo varios documentales/conciertos, entre ellos Heart of Gold de Neil Young. “La música en vivo es lo más puro y cinemático que puede uno hacer. Idealmente el cine se vuelve uno con la música. Hay muy poco artificio. No hay actuación. Lo amo”.

La influencia de Corman estuvo presente en gran parte de su cinematografía y Demme no se olvidó de él, dándole frecuentes cameos. Sin embargo, el mayor homenaje que le podía hacer al rey del cine B, fue llevar la paradigmática historia de horror desde el video y el autocinema, hasta las principales pantallas del mundo. El silencio de los inocentes es mucho más que la segunda entrega de las novelas de Thomas Harris, es la cinta que dio credibilidad mainstream al asesino serial. Sólo tres películas han ganado los cinco principales Oscars. Y ninguna desde que en 1991 lo hiciera The silence of the lambs.

Antes de conectar con el espectador, los personajes de Demme encuentran esa liga entre ellos. Sea, la impulsiva Audrey (Melanie Griffith) y Charlie (Jeff Daniels) en la injustamente subestimada Something Wild, o la propia Clarice (Jodie Foster) con Lecter (Anthony Hopkins): “van a pensar que estamos enamorados”. No importa si esa chispa la detona la atracción sexual o una mezcla de repudio y reverencia. Gracias a ella su cine despega y alcanza a ese que mira arrobado la pantalla.

A Demme le ofrecieron secuelas y precuelas, y al más puro estilo de Hollywood, más de una vez la oportunidad de repetirse en aplausos y taquilla. Pero no volvió a incursionar en el horror, un mundo que terminó, en su inquietante perfección de sombras, por incomodarlo.

A Jonathan Demme no le gustaba ser encasillado. Desde Caged Heat (1974) hasta el episodio seis de la serie de TV, Shots Fired su carrera floreció en la pureza cinemática de la imagen, la música, y la emoción contenida.

Jonathan Demme falleció por complicaciones en su tratamiento de cáncer el pasado 26 de abril, dos meses después de cumplir 73 años.

@rgarciamainou

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