La sensatez viable
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May 9, 2017 |
21:11
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Las Horas Perdidas
Ricardo García Mainou
Columnista en El Economista
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Para mi mamá.

Se percibía como una oleada imparable. Un fenómeno de cariz mundial donde el populismo, la regresión y la reaparición de una masa invisible, crédula, xenófoba e insatisfecha, que las sociedades de Occidente creían haber dejado atrás, redefinirían el futuro y los mapas.

Empezó con el Brexit y la inminente salida del Reino Unido de la Unión Europea. Una campaña maquinada con mentiras, verdades a medias, promesas incumplibles pero perfectamente conectadas con los prejuicios de su electorado potencial.

Continuó con la victoria de Trump, un político oportunista como pocos, con una campaña similar en estrategia, dirigida a un público también similar en prejuicios. Detrás de ella, estrategas que muestran un pragmatismo a prueba de balas. La moral del fin justifica los medios, combinada con varios factores:

(a) Los segmentos más liberales y progresistas de sus sociedades, los más jóvenes y urbanos, discrepan por naderías y suscriben con entusiasmo (o apatía, según a quién le pregunte uno) el abstencionismo.

(b) Los segmentos más conservadores son gente mayor, temerosa de lo extraño, lo extranjero, con valores alineados a promesas que atiendan sus miedos inmediatos. El futuro no importa demasiado si el ahora se hace más tolerable.

(c) La fuerte desigualdad económica entre los centros urbanos cosmopolitas y las zonas postindustriales, donde los valores que daban para vivir aceptablemente hace medio siglo se han convertido en pesadillas para la vejez y el retiro, lleva a sectores de la población a abrigar salidas desesperadas contra lo que se percibe como statu quo.

Cuando el Brexit, se presentía que Trump podía suceder. Cuando Trump, se anunciaba con temor por unos y regocijo por otros que el fin de la Unión Europea era inminente. Que las siguientes elecciones se irían decantando por la peor derecha y que el sino de la humanidad era una suerte de reset político alineado, como anunció la candidata Le Pen, a la nueva realidad de Putin, Trump y May. Los ideales incumplidos de la izquierda europea superados por la magnificación mediática del neoterrorismo y las promesas de seguridad a base de exclusión.

Las miradas del mundo se posaron sobre Francia. Una elección presidencial en la que la hija más joven de Jean-Marie Le Pen, un viejo racista y antisemita que alguna vez dijo que las cámaras de gas nazis eran “un detallito en la historia”, se enfrentaba a una docena de políticos deslucidos.

El sistema político francés dejó una segunda vuelta entre Le Pen y Macron. Un centrista surgido de las élites francesas, que estudió filosofía y asuntos públicos y terminó siendo ministro de Economía bajo el gobierno de François Hollande.

Macron fundó un movimiento político independiente que llamó En marche! y llamó a una “revolución democrática” (se vale el déjà vu), y se distanció del gobierno de Hollande. En una campaña accidentada, se vio de pronto en la segunda vuelta contra la crecida campaña xenófoba y racista de Le Pen.

En un mundo dividido por el miedo irracional al otro, cada campaña política es un referéndum de cordura social. La consolidación o no de quienes se consideran dueños de la única verdad.

La ola regresiva ponía a Le Pen como el siguiente eslabón en la reacción en cadena. La prueba del derrumbe de los castillos de arena de la Unión Europea. La elección francesa incluyó polémicas sobre la mujer de Macron, hackeo y filtración de sus correos electrónicos en los días finales y un debate particularmente agresivo, en que Le Pen exhibió los dientes.

Y entonces la democracia francesa, esa república que surgió de las cenizas de una revolución sangrienta y uno que otro imperio e invasión, le regaló al mundo un suspiro de alivio.

Para Timothy Garton Ash, periodista de The Guardian, la victoria de Macron no es motivo de celebración. Es apenas un respiro en un futuro aciago, en que el centrista deberá enfrentarse a la realidad europea. Donde la estafeta del nuevo sitio en crisis pasa ahora a Italia y donde es necesario atemperar todas las expectativas.

Hace unas semanas la victoria de Macron se veía imposible. hoy en día, con una votación de dos tercios, algunos consideran que “demasiada gente votó por Le Pen”. Lejos de la anomalía estadística que fue la victoria de Chirac sobre el viejo Le Pen en el 2002, esta es una de las instancias donde el pesimismo no está del todo justificado.

En un mundo que nos ha regalado dosis insólitas de irracionalidad, el triunfo de la sensatez, aunque sea un alivio temporal, siempre debería ser motivo de celebración.

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