Palabras demasiado contundentes para un Presidente
La gran depresión Por: Enrique Campos Suárez
Si fue un gesto para la izquierda o para el PRI, pierde su tiempo. Si fue un jalón de orejas, pierde aliados. Si fue un enojo, pues más pierde.
Felipe Calderón es un panista que no se lleva del todo bien con la clase empresarial. Las llamadas “cúpulas” han sido marginadas de la discusión económica. En parte, por su caída drástica en la representatividad, pero también cuenta la radicalización de los partidos políticos que han cerrado los espacios de interlocución.
Como sea, no hay sector más cercano a la ideología panista que el empresarial. Y ahora el Presidente se avienta con todo en contra de las grandes empresas. Si una tabla tenía el Mandatario en las aguas turbulentas, era el sector privado.
Un Presidente no critica, no lanza indirectas, no sugiere. Un Presidente devasta y destruye con sus palabras.
Por eso, las palabras de Calderón tienen muchos obuses que ya han dejado una marca imborrable.
Primero identifica como los muy malos de la película a los “grandes corporativos”. Así que, con esta declaración que refrenda los dichos de su adversario López Obrador, sólo fija un blanco en contra un importante sector económico.
Dice también que “exigen al gobierno que ponga impuestos sobre alimentos y medicinas de la gente más pobre”.
Estas palabras entierran definitivamente el cambio fiscal más importante que necesita este país. Si alguien este sexenio quiere sacar el tema, le van a restregar la cita presidencial.
Agregó el Presidente que estos grandes corporativos, que prefieren ver afectados a los pobres que a ellos mismos, han pagado durante años 1.7% de impuestos en promedio.
Muy buen diagnóstico, en todo caso, para un mensaje de toma de posesión. Pero no para prácticamente el inicio del cuarto año de gobierno. Porque, o alguien en Hacienda no le informó al Presidente que durante estos últimos tres años las empresas nos vieron la cara, o de plano el gobierno no tiene información precisa sobre los contribuyentes y apenas hicieron sus cuentas.
Si en esta columna, o en las páginas de este diario, sostuviéramos la tesis del Presidente, podría pasar por un muy buen análisis de la situación de las grandes empresas. Pero el Jefe del Ejecutivo no es editorialista, sino estadista.
Es cierto que en estos momentos los cabilderos de las poderosísimas empresas están haciendo todo lo posible para frenar en el Senado las modificaciones al régimen de consolidación fiscal. Pero también es cierto que podría encontrar respaldo a este cambio a través de la negociación política.
Así, el Presidente se descontó a los empresarios que ni se lo esperaban. Y nadie, ni la incongruente izquierda, que tanto pedía este tipo de comportamiento con “la mafia”, se lo agradeció.
La primera piedra
Un buen dato técnico, 3.5% de crecimiento de la economía durante el tercer trimestre de este año, allá, en Estados Unidos.
La verdad es que en la economía real no hay esa salida de la recesión que matemáticamente deja ver este resultado.
La economía estadounidense está en recesión desde el 2007, y este número rompe esa racha. Pero el daño ya está hecho. En unos días el índice de desempleo podría alcanzar el fatídico 10% de la Población Económicamente Activa.
El impacto de ver tantas personas sin trabajo será muy fuerte y pondrá en entredicho el proceso de recuperación. Porque es difícil explicar que la inercia de caída queda por un tiempo.
Así que, salvo los mercados que encontraron un pretexto para recuperar algo de lo perdido durante las últimas jornadas, no hay ninguna razón para sentirse aliviados o alegres con este resultado.
LA GRAN DEPRESIÓN
Si fue un gesto para la izquierda o para el PRI, pierde su tiempo. Si fue un jalón de orejas, pierde aliados. Si fue un enojo, pues más pierde.












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