Biocombustibles / demencia

CREDITO: 
Gabriel Quadri de la Torre

Parecía ideal: reducir la dependencia al petróleo y las emisiones de gases de efecto invernadero. Pero los biocombustibles fueron un engaño. La revista Science lo ha documentado en las últimas semanas. Su producción impone nuevas presiones sobre recursos hídricos sobreexplotados.

Recordemos que el riego agrícola acapara en nuestro país cerca de 80% del agua disponible. En promedio, alrededor de 100 litros de agua son necesarios para producir 1 litro de etanol en tierras irrigadas, y en términos energéticos, el etanol consume entre 2 y 8 millones de litros por MWh, ¡10,000 veces más que la refinación de petróleo! Más aún, una instalación industrial típica para la producción de 400 millones de litros de etanol al año consume suficiente agua como para abastecer a una población de 5,000 habitantes. Esto, sin contar la aguda contaminación y eutroficación de cuerpos de agua continentales y aguas costeras por fertilizantes.

Los biocombustibles de origen agrícola (etanol y biodiesel) en muchos casos generan más emisiones de gases de efecto invernadero que los propios combustibles fósiles a lo largo de su ciclo de vida; no alcanzan a ser compensadas por la absorción de carbono durante el crecimiento de las plantas utilizadas como materia prima.

Desde luego emiten CO2 al momento de la combustión, al igual que sus pares petrolíferos. Pero también emiten grandes cantidades de carbono durante su producción.

En primer lugar, en los procesos de destilación o refinación, en actividades de carga y transporte, y en la manufactura de fertilizantes. En segundo lugar, los fertilizantes aplicados masivamente en los cultivos para fines energéticos conllevan la emisión de óxido nitroso (N2O), gas con un potencial de efecto invernadero 300 veces superior al CO2, como resultado de su desnitrificación en el suelo por microorganismos. De hecho, por ello la agricultura es responsable de más de 10% de la emisión de gases causantes del calentamiento global.

Deben contabilizarse también las emisiones netas por desplazar vegetación natural, pastizales o cultivos preexistentes, y por impedir la captura de carbono que en ellos hubiera ocurrido en el futuro, lo que equivale por lo general a una abultada e impagable deuda de carbono. Por lo demás, los biocombustibles son más costosos y exigen subsidios.

Peor, los biocombustibles imponen una nueva y voraz competencia por la tierra, frente a una demanda creciente de alimentos, incesante expansión demográfica y cambio en patrones de consumo de cientos de millones de habitantes que han salido de la pobreza, principalmente en China y en India.

La consecuencia son precios más elevados para los commodities agrícolas, y una presión brutal hacia la deforestación, como ha quedado demostrado en Brasil e Indonesia.

¿Aun así se involucrará México en la demencia bio-agro-energética? ¿No es más sensato eliminar los subsidios a la gasolina, y regular las emisiones de CO2 de los vehículos para hacerlos más eficientes?

gquadri@eleconomista.com.mx

Verde en serio

Parecía ideal: reducir la dependencia al petróleo y las emisiones de gases de efecto invernadero. Pero los biocombustibles fueron un engaño.

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