Mea culpa

CREDITO: 
Ana Francisca Vega

Mark Sanford, gobernador de Carolina del Sur, era de aquellos políticos a los que les encantaba hablar en público de su intachable calidad moral

Efecto mariposa Por: Ana Francisca Vega

Mark Sanford, gobernador de Carolina del Sur, era de aquellos políticos a los que les encantaba hablar en público de su intachable calidad moral. Padre de cuatro hijos, casado con una católica de familia rica y ascendencia irlandesa, Sanford condenaba la infidelidad como una “falta grave”.

Como muchos miembros del Partido Republicano, se rasgó las vestiduras cuando el entonces presidente Bill Clinton reconoció haber cometido adulterio -“sin consumar el acto sexual”- con Mónica Lewinsky y fue uno de los que lo pusieron en la silla de los acusados.

Quién lo hubiera pensado: el que está sentado hoy en esa silla es el propio Sanford que cometió, ¡oh sorpresa!, adulterio.

“Pecó”, además, en condiciones muy extrañas (algunos dirían que comiquísimas): el Gobernador conoció a una mujer argentina hace algunos años y se enredó con ella.

La semana pasada, Sanford “desapareció”: le dijo a su equipo cercano que se había ido a los Montes Apalaches a escalar, tomó un avión y se fue a Buenos Aires. Cuestionada sobre el paradero del Gobernador, su esposa dijo lo que sabía: que se había ido a escalar.

Su equipo de seguridad lo comenzó a buscar frenéticamente: no contestaba mensajes de celular ni correos electrónicos. Nadie lo había visto en los Apalaches y no estaba cumpliendo con el protocolo de seguridad requerido.

De pronto, un reportero lo vio llegando al aeropuerto de Atlanta, destino “ligeramente” desviado de su ruta. Enfrentado con la realidad, Sanford confesó todo: “Pasé los últimos cinco días de mi vida llorando en Argentina”, dijo dramáticamente, al relatar que había terminado su amorío.

Después, la prensa se le echó encima. La cacería había comenzado y habían demasiados cabos sueltos: ¿cómo es posible que el Gobernador de un estado simplemente decida desaparecer durante cinco días?

¿Quién pagó por su viaje? ¿Utilizó recursos públicos? ¿Va a renunciar?

Sanford, estoico, sabía que lo único que lo podía salvar es lo que había salvado a otros antes que a él: confesarse humano y débil, y pedir perdón. Explicar, pagar las culpas (¡y las cuentas a cargo del erario público!) y esperar el veredicto del pueblo. En otras palabras: hacer el mea culpa mediático. Con ello, se unió al club de Clinton, Giuliani, Spitzer, Edwards y tantos políticos puritanos estadounidenses que han salvado sus carreras políticas después de un escándalo haciendo algo que a los mexicanos nos suena como de otro planeta: pidiendo perdón públicamente.

Y no es que crea que con el perdón todo queda saldado, por supuesto que no. En el caso de Sanford, como en el de Clinton y en el de tantos más, al mal uso del poder le siguió una investigación judicial en forma. Sin embargo, ¿quién puede negar que el perdón ayuda? Pedir perdón implica asumir al menos cierta parte de la responsabilidad de un problema, y para el lado ofendido no sólo “cae bien”, sino que lo ayuda a procesar las cosas de una forma distinta.

Pero dejemos a los políticos estadounidenses y miremos por un segundo en nuestro propio espejo.

Con toda la proporción guardada, pero ¿quién no quisiera escuchar un “perdón” por parte de los responsables por el incendio en Hermosillo que mató a 48 niños? ¿Por qué nuestros políticos parecen estar genéticamente impedidos para hacerlo? Y más importante todavía: ¿por qué se los permitimos? ¿Qué nos pasa?

afvega@eleconomista.com.mx

Efecto mariposa

Efecto Mariposa

Coincido con lo publicado ... Quizás la leve brisa producto del aleteo de la mariposa, sea insuficiente para mover un solo cabello de nuestros politicos, tan enconchados en el poder y acostumbtrados a mandar y pisotear (antes que servir), fiel a la herencia de la conquista .. la pregunta correcta es, ¿porqué se los permitimos?

Saludos.

Somos una bola de

Somos una bola de Maricones,habladores y disque machistas,imaginense volvio el P.R.I. Somos dignos herederos de Cortes,

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