La integración fallida

CREDITO: 
Ana Francisca Vega

Efecto mariposa Por: Ana Francisca Vega

“Primero hay que aclarar algo básico: la imposición de visa a los mexicanos no tiene que ver con una política de discriminación o de racismo; increíble, pero algunas voces lo han puesto en esos términos”.

Sí, los canadienses decidieron pedirnos visa a los mexicanos que vayamos a su país. ¿Debe sorprendernos? Quizá tan sólo la forma, pero la decisión en sí misma era “cosa juzgada” hace ya
algún tiempo.

¿Qué pasó? Primero hay que aclarar algo básico: la imposición de visa a los mexicanos no tiene que ver con una política de discriminación o de racismo; increíble, pero algunas voces lo han puesto en esos términos.

Quienes piensan así poco saben -y probablemente poco les interesa- la historia canadiense. La política de refugio, esa misma que estaba siendo objeto de fraude por parte de miles de mexicanos al año, es uno de los pilares sobre el que se ha construido la identidad de ese país.

Respeto de los derechos humanos, protección a los perseguidos y a las minorías, multiculturalismo y tolerancia: ésos son los principios que valoran los canadienses y sobre los que han construido su política migratoria y de población desde la fundación de su nación.

En pocas palabras: nuestros compatriotas que intentaban quedarse a vivir en Canadá dándole la vuelta a la ley, abusaron de una de las áreas más sensibles de la vida pública de ese país.

Hay quienes también piensan que el Tratado de Libre Comercio de América del Norte y la integración que a éste ha seguido tendrían que haber sido una especie de garantía en contra de estas políticas, al menos de aquellas provenientes de los canadienses.

Hay otros, por supuesto, que lo reducen a un simple: “Ya están igual que los gringos”. Nada más alejado de la realidad. Vayamos por partes.

Primero, el Tratado de Libre Comercio fue y será sólo eso: un acuerdo comercial, nada más. No fue diseñado para evolucionar hacia formas más sofisticadas de integración.

Segundo, los diversos impulsos para profundizar la integración (posteriores a la aprobación del TLC) -en la forma de una “comunidad” o de una “sociedad” en América del Norte- han sido esfuerzos sujetos a la coyuntura y, por tanto, parcialmente exitosos (en el mejor de los casos).

Hay, por supuesto, reuniones periódicas tripartitas y declaraciones conjuntas.

Se forman y se desintegran grupos de trabajo en “áreas prioritarias”; se organizan seminarios, se generan ideas, se relanzan iniciativas.

Sin embargo, no hay, en esencia, ninguna estructura institucional o financiera que le proporcione un fondo real -ni una dirección- a la integración en América del Norte.

En otras palabras, no tendríamos por qué suponer que la asociación que hoy tenemos con Canadá y Estados Unidos tendría que reportarnos beneficios adicionales a los mexicanos, visas incluidas.

Tercero, la integración promovida “desde arriba” en América del Norte ha fracasado. Los gobiernos de los tres países, de todos los signos políticos -liberales, conservadores, demócratas, republicanos, panistas o priístas- no han tenido la capacidad para encauzar y dirigir lo que en muchos niveles sucede cotidianamente y que los académicos suelen llamar “integración silenciosa”, aquella que sucede entre nuestras sociedades sin la intervención “oficial”.

La historia de la integración en América del Norte es una de destiempos y callejones sin salida. Quizá algún día evolucione, pero el concepto ha probado ser difícil de definir y, mas aún, de materializar.

Ayudaría, claro, que frente a un obstáculo como el que hoy se presenta, México se abstuviera de responder con medidas absurdas y de un nacionalismo mal entendido.

Imponer visas para los funcionarios canadienses que viajen a México es casi una broma como de los tiempos en que Luis Ernesto Derbez estaba al frente de la Cancillería, cuando era la pura víscera lo que definía la política exterior del país.

Hoy, la SRE está en manos muchísimo más competentes, así que la decisión, calculo, no salió de ahí.

A alguien en Los Pinos le debió parecer una buena idea. Me pregunto a quién… digo, para comentarle que por ahí no va la cosa.

afvega@eleconomista.com.mx

Efecto mariposa

Sí, los canadienses decidieron pedirnos visa a los mexicanos que vayamos a su país. ¿Debe sorprendernos? Quizá tan sólo la forma, pero la decisión en sí misma era “cosa juzgada” hace ya
algún tiempo.

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TIENE RAZON ¿ DE QUE

TIENE RAZON ¿ DE QUE RETRASADO MENTAL SERIA ESA IDEA DE LAS VISAS A LOS DIPLOMATICOS CANADIENSES?

CREO QUE ME LO IMAGINO......COMO DICEN EN OAXACA, FUE DE LA MERA CABEZONA

y cual es su propuesta de respuesta?

Todo lo que comenta engloba un análisis inteligente y despegado de emociones fáciles, no obstante, para desgracia de nosotros los lectores, no se percibe ningún viso de propuesta para responder a una situación que más que menos afecta la vida de muchos mexicanos, propone acaso solo ignorar el asunto?

Por lo contrario, creo que debe aplicarse una ley muy sencilla, a toda acción corresponde una reacción..., ignorar el asunto y dejar que los paises de américa del norte tomen desiciones particulares sobre el libre tránsito de los mexicanos y en cambio recibir sonrisas y sumisión de nuestra parte me parece al menos cobarde, somos interactuantes económicos, no sirvientes de nadie, o no debiéramos serlo. Gracias

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