Prioridades
Efecto mariposa Por: Ana Francisca Vega
Salud e inmigración son dos temas con ramificaciones muy profundas en la vida de los estadounidenses. Son dos asuntos que “importan mucho”, por decirlo de otra forma.
La versión oficial del asunto es que los tiempos legislativos no dan para discutir dos reformas tan complejas durante un mismo periodo de sesiones. Hay algo de cierto en ello. Salud e inmigración son dos temas amplísimos y con ramificaciones muy profundas en la vida de los estadounidenses. Son dos asuntos que “importan mucho”, por decirlo de otra forma.
Barack Obama debía elegir qué poner al frente de su agenda: ganó la reforma al sistema de salud, uno de los peores sistemas en comparación con los de otros países desarrollados. De una población de alrededor de 300 millones de personas, más de 47 millones no tienen acceso a un seguro de salud y 25 millones lo tienen, pero no cubre sus necesidades.
Cuando alguno de estos 72 millones de individuos se enferman no tienen más remedio que pagarlo de sus bolsillos, algo absolutamente irreal si pensamos que lo que los llevó en primera instancia a esa situación de indefensión fue precisamente que no podían pagar siquiera la prima de un seguro. Así que, como decimos en México, hay millones de estadounidenses que “pueden sentirse mal, pero no enfermarse”. Hacerlo es un verdadero lujo que no se pueden permitir.
El Estado tampoco se puede permitir el lujo de continuar con un sistema de salud caro que además no responde a las necesidades básicas de una buena parte de la población. Para poner las cifras en contexto: Estados Unidos gastó en el 2007, 2.2 billones de dólares para sostener su sistema de salud. Esto equivale a 16.2% del PIB estadounidense y es casi el doble de lo que en promedio gastan los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Canadá, por ejemplo, gasta 9.8% de su PIB, Alemania 10.6 y Francia 10.5%, además de que la cobertura de salud en estos países, si no es universal, mucho se acerca al ideal de cobertura total.
Prioridades
Todos los gobiernos deben establecer claramente sus prioridades. En el caso estadounidense, no cabe la menor duda que mejorar el acceso a la salud es un imperativo.
Sin embargo, queda un sabor amargo cuando, observando lo que ha sucedido desde fines de los años 80, nos damos cuenta de que es la inmigración el asunto que las distintas administraciones tienden a sacrificar cuando hay varios temas importantes en la mesa.
Y lo que es realmente curioso es que reconocen la gravedad de tener 12 millones de indocumentados dentro de sus fronteras, pero no quieren arriesgar su capital político para poner en orden su sistema migratorio.
Entonces gastan en seguridad fronteriza, construyen un muro, aprueban leyes que mejoran parcialmente la vida de algunos y dejan que pasen el tiempo con la esperanza de que sea otro y no ellos los que tengan que agarrar al toro por los cuernos.
Obama, frente al dilema de qué hacer con la migración, ha hecho lo que sus predecesores. Lo puso en agenda al inicio de su gestión, dio señales de que sería una “prioridad”, hizo algunas consultas con sindicatos y otros actores relevantes y, finalmente, decidió no presentar una iniciativa al Congreso sino hasta el 2010.
Antes que la reforma migratoria, dijo Obama, está la reforma en salud y la reforma energética. En otras palabras: aprobar una reforma migratoria dependerá de que Obama salga más o menos ileso de la lucha en materia de salud y de energía; cosa poco probable, y de que la economía estadounidense responda favorablemente a su paquete de rescate, cosa poco segura.
afvega@eleconomista.com.mx
La versión oficial del asunto es que los tiempos legislativos no dan para discutir dos reformas tan complejas durante un mismo periodo de sesiones. Hay algo de cierto en ello.









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