La diplomacia vencida
Efecto mariposa Por: Ana Francisca Vega
Uno de los peores saldos que dejó el foxismo al país ocurrió en materia diplomática y México no ha podido todavía recobrar el rumbo. La responsabilidad recae en nuestros últimos dos presidentes.
La historia es muy sencilla: Fox -desconocedor absoluto del mundo e indiferente de la labor diplomática- le apostó a Jorge Castañeda para promover una agenda exterior ambiciosa. El Canciller tenía una idea muy clara de hacia dónde tenía que trabajar la maquinaria diplomática mexicana.
La prioridad: Estados Unidos; el tema: la reforma migratoria. Llegando a las oficinas de Relaciones Exteriores, Castañeda se dio a la tarea de ir, oficina por oficina, saludando; conociendo a la gente con la que trabajaría y presentando a su nuevo equipo.
El Canciller saludaba a todos: secretarias, funcionarios, archivistas. A todos. Lo sé porque yo estaba ahí, en un cubículo de la Dirección General para América del Norte desde donde daba “seguimiento” a la cooperación antinarcóticos entre México y Estados Unido; trabajo que dejé poco después.
En su momento, el tour de Castañeda por la Secretaría le pareció a algunos un verdadero show estilo Fox, pero a nadie le cupo duda de que las cosas habían cambiado. Para bien o para mal, se respiraba un aire nuevo en Tlatelolco.
Al poco tiempo llegó la realidad. Septiembre 11 “tronó” las posibilidades del acuerdo migratorio con Estados Unidos y la rivalidad entre Adolfo Aguilar Zinser -representante de México ante el Consejo de Seguridad de la ONU- y Castañeda acabó por contaminar la agenda diplomática mexicana y la posición del propio Castañeda dentro del gabinete foxista.
Cuando Castañeda dejó Relaciones Exteriores, nos dimos cuenta con una crudeza total, de que a Fox le tenía realmente sin cuidado el estado de las relaciones de México con el mundo.
Y mientras tanto, Luis Ernesto Derbez, secretario emergente, no se esforzó siquiera en pensar cómo hacer para reactivar parte de la agenda mexicana.
Asumió, simplemente, que los ataques terroristas de septiembre 11 lo habían echado todo a perder. Se dedicó a pelearse con algunos países latinoamericanos, a buscar la que debe ser una de las más incongruentes candidaturas en la historia para dirigir la Organización de Estados Americanos y a bloquear cualquier iniciativa sobre clonación o células madre (poco se sabe de eso, pero sí, ese tema era crucial en la agenda de Derbez).
Fue así como empezaron a perpetuarse las contradicciones que hoy enfrenta México en el ámbito diplomático. ¿Por qué seguimos en este lugar tan poco cómodo? Como en el caso de Fox, la respuesta tiene que ver con la preeminencia de la agenda interna del Presidente. A Felipe Calderón tampoco le interesa el mundo.
No parecía el caso, pero así ha sido. Recordemos que incluso antes de tomar posesión promovió México 2030, iniciativa que costó muchos millones de pesos y con la que quería trazar una “hoja de ruta” que nos recordara a todos en dónde queríamos ver a México en el año 2030.
De la iniciativa sólo quedan las carpetas y plumas con los logos que nos repartieron a los participantes que nos sentamos una mañana a pensar en el futuro del país. Todo lo demás ha sido desplazado por la única obsesión del Presidente: la guerra contra el narcotráfico.
Las relaciones de México con el mundo han mejorado sencillamente porque han regresado a manos de profesionales.
Aun así, es una pena que en nueve años -que han sido cruciales para el despunte de otras naciones- a nuestros jefes de Estado les parezca una pérdida de tiempo pensar, idear y articular una nueva forma de ver, actuar y estar en el mundo.
afvega@eleconomista.com.mx
Uno de los peores saldos que dejó el foxismo al país ocurrió en materia diplomática y México no ha podido todavía recobrar el rumbo. La responsabilidad recae en nuestros últimos dos presidentes.







Añadir comentario