Sociedad para... ¿qué?
Efecto mariposa Por: Ana Francisca Vega
Año tras año, cumbre tras cumbre, “rebautizamos” la relación trilateral en un afán inútil por tratar de dotarla artificialmente de contenido y propósito”.
La revista británica The Economist dedica esta semana un buen editorial a la más reciente reunión entre los presidentes de América del Norte: Felipe Calderón, Barack Obama y Stephen Harper. Lo titula “Un difícil ménage à trois”. Más acertado, imposible. Tres reflexiones caben al respecto.
1. El “sospechoso común” en la relación trilateral México, Canadá, EU es normalmente este último, al que frecuentemente se le reprocha el poco interés en fortalecer la integración regional en América del Norte.
Como bien dice The Economist, no se le puede acusar a Obama de ignorar a sus vecinos: “En este año se ha reunido seis veces con Harper, primer ministro de Canadá, y cinco con el presidente Calderón.”
2. Los tres países no han logrado ponerse de acuerdo con respecto a una pregunta muy sencilla: ¿Integración para qué?
Año tras año, cumbre tras cumbre, “rebautizamos” la relación trilateral en un afán inútil por tratar de dotarla artificialmente de contenido y propósito. Con esto no quiero decir que la relación no sea importante: por supuesto que es importante e intensísima…, pero no como consecuencia de un impulso gubernamental e institucional “desde arriba”, sino simple y sencillamente porque así es la dinámica cotidiana “a nivel de calle” de las relaciones entre estos países.
Al responder a la pregunta “¿integración para qué?” los gobiernos de los tres países nos estarían haciendo un enorme favor a los ciudadanos que vivimos en América del Norte: nos estarían dando elementos para juzar el proyecto integracionista en su justa dimensión, así como ha sucedido en otras regiones del mundo -particularmente en Europa, por supuesto- en el que los ciudadanos tienen una injerencia directa en el modelo de integración a seguir, en los temas a debatir y en los mecanismos de evaluación y monitoreo de la integración.
Así, podríamos observar la verdadera fuerza de la idea integracionista, más allá de lo que digan nuestros políticos en los periódicos y en los poco comprometidos comunicados de prensa.
3. Con las resistencias y desconfianzas históricas en América del Norte, se ayudaría el desarrollo de una buena campaña de comunicación sobre el propósito de la integración y de los beneficios que ésta puede traer consigo para la región.
Por ejemplo, si uno de los temas en agenda es el de “energías limpias” -que se discutirá hoy en Guadalajara- y, asumiendo que el interés es real, ¿por qué no firmar una serie de compromisos monitoreables y evaluables por la sociedad civil?
Si el compromiso por parte de nuestros políticos es verdadero, el costo de “vendernos” la idea de la integración -sea ésta del tipo que sea- sería relativamente poco, comparado con los beneficios que podría reportarles.
Tristemente, yo no esperaría eso de Guadalajara. La historia de la integración en América del Norte es una de destiempos y callejones sin salida.
Ahora tampoco es el mejor momento para hablar sobre integración regional a fondo. Hoy no tenemos enfrente las consecuencias del 11 de septiembre, pero sí de una enorme crisis económica global.
Es también un mal momento para México: la mitad de su población vive en la pobreza y la violencia generada por el crimen organizado tiene al país en una situación muy vulnerable.
De Canadá ni hablar: Está hoy más obsesionada con evitar el trilateralismo que nunca antes.
Con o sin Guadalajara, el proyecto integracionista otra vez tendrá que esperar… la historia se repite en este difícil y elusivo ménage à trois.
afvega@eleconomista.com.mx
La revista británica The Economist dedica esta semana un buen editorial a la más reciente reunión entre los presidentes de América del Norte: Felipe Calderón, Barack Obama y Stephen Harper.







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