La educación músical hace maravillas en el país
Cartagena...Y se hizo la música
El Festival Internacional de Música que inició el 10 de enero en Cartagena, Colombia, puede ser descrito como mágico en un sentido más profundo y entrañable, casi místico.
Manuel Lino / El Economista
Ene 19, 2009 |
17:24
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No cabe duda de que entre los malos magos y los comunicadores con poco léxico hemos degradado la palabra magia. Ya casi cualquier cosa bonita pasa a ser mágica por la simple razón de que queremos darle un cierto énfasis y no sabemos cómo hacerlo.

Así pues, ante el verdadero prodigio, el portento, nos quedamos sin palabras.

Para describir lo que sucedió entre el 8 y el 19 de enero en el Cartagena III Festival Internacional de Música podemos usar expresiones de apariencia sencilla como magia, amistad, entrega, música que aquí adquirieron sus significados más profundos, entrañables, hasta místicos.

El festival inició oficialmente el 10 de enero, pero desde dos días antes se empezaron a realizar, a las 9 de la mañana, conciertos en iglesias de distintos barrios populares. Dirigidos a la población de escasos recursos y, en particular, a los múltiples estudiantes de música de las diversas escuelas y fundaciones que en Colombia se dedican a promover la enseñanza musical, estos conciertos dieron las primeras notas de resonancias mágicas.

Para la inauguración, sin embargo, la música aún era sólo eso, música. Los críticos colombianos e internacionales (provenientes de Alemania, Inglaterra, Canadá, Perú, México) buscábamos, y encontrábamos, lo criticable:

“Grieg es un compositor que tiende a ser soso y cursi, aunque hay que decir que la orquesta City of London Sinfonia casi logró hacer interesante su Suite Holberg”; “No todo tiene que ser grandilocuente al tocar el (Quinto concierto para piano de Beethoven) Emperador, no se trata de conquistar la pieza por las armas sino de tocarla con sensibilidad”, son algunos de los petulantes y ácidos comentarios que podrían haberse impreso si no fuera porque se trataba de reseñar el festival completo y no cada uno de los conciertos.

Sin embargo, poco a poco, las cosas fueron evolucionando.

Escuchar al día siguiente, el mismo programa al aire libre, a las 11 de la noche, en la Plaza de San Pedro Clavier ante personas que llevaban más de tres horas esperando (algunos de ellos de pie), tuvo un significado distinto.

Desde el hecho de que se tocara casi el mismo repertorio del elegante Teatro Heredia hasta la contagiosa emoción de la gente que en la cálida y bellísima noche cartagenera escuchaba, en la mayor parte de los casos por primera vez, a Grieg y a Beethoven, todo parecía indicar que en el ambiente se percibía algo más que música.

Por otro lado, el Festival Internacional de Música de Cartagena es esencialmente un festival de cámara al que se invita a diversos solistas de magnífico nivel aunque quizá no (aún) de gran reconocimiento internacional:

José Franch-Ballester, Anne Akiko Meyers, Angélica Gámez, Robert McDuffie, Hsin-Yun Huang, Kristina Reiko Cooper, Emmanuel Ceysson, Andrés Díaz, Erica Nickrenz, Charles Wadsworth, Stephen Prutsman y el Cuarteto de Cuerdas St. Lawrence, tocaron en distintas combinaciones o junto con la City of London Sinfonia.

“No sonó mal, pero al escuchar al Cuarteto St. Lawrence te das cuenta de que suena distinto un grupo ya bien acoplado”, es una de las opiniones críticas que se escucharon después de una presentación de un ensamble hecho especialmente para el festival.

Y aquí, también, todo evolucionó hacia mejor. A lo largo de los días, los músicos -que trabajaban sin parar en presentaciones (hasta tres en un día), ensayos y, muy importante en este festival, clases a los cerca de 400 alumnos que se hicieron presentes en Cartagena- fueron compenetrándose cada vez más en lo musical y lo personal.

El parteaguas fue la presentación del cuarteto St. Lawrece y el clarinetista José Franch-Ballester con el grupo de música llanera Ensamble Sinsonte.

Al revés de lo que se esperaría, el popular grupo se presentó en el Teatro Heredia antes de hacerlo en la plaza al aire libre.

Desde las primeras notas de la bandola y el cuatro (instrumentos similares a nuestras jaranas) quedó claro que Sinsonte había llevado la música llanera a un nivel de sala de concierto, tanto que quienes podían tener problemas para hacer la fusión serían los músicos de entrenamiento clásico.

Pero no hubo problema alguno. Stephen Prutsman, pianista y director asociado del festival y arreglista frecuente del cuarteto Kronos en aventuras similares, hizo los arreglos que, aunados al virtuosismo y pasión de los músicos lograron que las barreras entre géneros y percepciones se evaporaran de forma espectacular y conmovedora.

No hace falta decir que, al día siguiente, el gran público de San Pedro Clavier quedó absolutamente fascinado.

Del mismo modo, la crítica fue cediendo paso a la sorpresa, el gusto y la emoción. Así, fue posible escuchar versiones insuperables de algunas piezas, como por ejemplo, el Concierto para clarinete en La mayor de Mozart.

El terreno estaba preparado para que el festival alcanzara su punto más alto con el Concierto Jóvenes Talentos, confirmación de que la educación musical está haciendo maravillas en el país; la presentación del Divertimento para clarinete, violín chelo y piano del compositor colombiano Diego Vega, muestra de una generación pionera en la música colombiana de concierto, y la sublime interpretación del Quinteto de cuerdas en Do mayor (op 163/D. 956) de Schubert.

Y la magia se hizo. Sin trucos ni subterfugios. Portentosa, mística, musical.

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