Kim Jong-Il, el presidente irracional
Singapur.- Para quienes ven al líder de Corea del Norte, Kim Jong-il, como un peligroso lunático preparado para arriesgar la aniquilación de su régimen con un devastador ataque contra sus vecinos, las evidencias sobran.
El gobernante usa zapatos con plataforma y cabello abultado para verse más alto. Los medios oficiales reportan sus talentos casi súper humanos, incluyendo la mejor ronda de golf del mundo, con 38 golpes bajo el par con cinco hoyos en uno.
Y la postura de Kim en las negociaciones nucleares frecuentemente parece contradictoria y confusa.
Pero para analistas y legisladores que tratan de calcular las posibilidades de una guerra catastrófica, la teoría del juego ofrece un elemento crucial. En la posición de Kim, es perfectamente lógico parecer loco. Y sería un desastre para él si el mundo creyera que es una persona razonable.
Esto tiene implicancias clave para un análisis de riesgos. Por sobre todas las cosas, significa que los inversionistas no deberían reaccionar exageradamente ante los signos de creciente tensión. El escenario catastrófico de una guerra sobre la Península Coreana es una posibilidad extremadamente remota.
“El es descrito siempre como irracional, excéntrico y peligroso. Lo más seguro es que sea la última de estas tres, pero irracional y superficial, no lo creo", dijo Bruce Bueno de Mesquita, especialista en pronósticos políticos y asesor del Departamento de Defensa de Estados Unidos sobre la situación de Corea del Norte en el 2004.
"Ningún tonto permanece en el poder durante años (...) cuando hay tantos generales, hijos y esposas esperando entre bastidores para lanzar un golpe", agregó.
Durante años, Kim ha virado impredeciblemente entre la beligerancia y la conciliación. En mayo asombró al mundo con un ensayo nuclear tras abandonar prematuramente las conversaciones sobre desarme, prometiendo nunca regresar.
Este mes realizó una oferta para retomar las negociaciones a seis partes, antes de tomar desapercibidos a los observadores nuevamente con lanzamientos de misiles de corto alcance.
Vista desde la perspectiva de la teoría del juego, esta conducta es completamente racional. De hecho, es la única estrategia posible para Kim.
La teoría del loco
Para los teóricos del juego político como Bueno de Mesquita, el objetivo básico de los líderes es el mismo: la supervivencia.
En este contexto, las acciones de Kim parecen estar diseñadas para mantener su control interno del poder y proteger a su régimen de cualquier esfuerzo extranjero por derrocarlo. Este es el motivo por el que tiene como prioridad la fortaleza militar, incluso por sobre conseguir alimentos para su pueblo.
Un segundo elemento que aporta la teoría es que las decisiones de los jugadores están determinadas por cómo creen que otros responderán. Cada lado trata de anticiparse a las acciones del otro.
Pese a contar con el mayor gasto militar del mundo en torno al porcentaje del PIB, Corea del Norte está en una desventaja fundamental: Corea del Sur tiene el apoyo de Estados Unidos.
Kim podría infligir un daño devastador sobre Corea del Sur en cualquier guerra, pero el resultado sería una enorme represalia que terminaría con su régimen.
De modo que sería irracional para Kim lanzar un gran ataque, ya que el resultado inevitable sería el fin de su régimen. Estados Unidos y sus aliados saben esto. El único modo en que Kim puede apuntalar su poderío militar es haciendo que sus oponentes crean que puede estar lo suficientemente loco como para iniciar una guerra de todos modos.
Esta estrategia no sólo le permite a Kim impedir ataques extranjeros, sino que además le confiere el máximo de concesiones en las negociaciones para abandonar su programa nuclear.
Como las otras naciones implicadas en las conversaciones creen que el riesgo de que Kim pueda usar armas nucleares no puede descartarse, están preparadas para ofrecer mucho más para deshacerse de aquel riesgo.
Aparentando ser irracional e impredecible, Kim puede convertir una débil serie de cartas en una mano ganadora.
Washington y sus aliados se encuentran ante el problema opuesto: no pueden lograr que Kim crea que sus amenazas son creíbles.
A pesar de la frecuente insistencia de Estados Unidos en que una Corea del Norte con arsenal nuclear es inaceptable, Pyongyang nunca ha sufrido consecuencias significativas por romper promesas y pronunciar amenazas, más allá de las sanciones económicas que sólo han limitado su eficacia.
Kim no sería el primer líder mundial en adoptar la estrategia de irracionalidad calculada. Esta ha sido usada reiteradas veces a lo largo de la historia, por ejemplo por el ex presidente estadounidense Richard Nixon.
Nixon trató de convencer a la ahora ex Unión Soviética, a Vietnam del Norte y a otros Estados enemigos de que estaba lo suficientemente desequilibrado como para lanzar un ataque nuclear ante la menor provocación.
"La llamo la Teoría del Loco, Bob", dijo a su jefe de Gabinete H. R. Haldeman.
El premio Nobel de economía Thomas Schelling explicó "la racionalidad de la irracionalidad" en su principal trabajo de 1960 sobre la teoría del juego, La estrategia del conflicto. Y desde el siglo XVI, el teórico político italiano Nicolás Maquiavelo escribió que puede ser "algo muy sabio simular estar loco".
Es posible que Kim se arriesgue a una guerra suicida que no puede ganar. Pero un escenario mucho más factible es que esté aparentando, o apalancando una débil posición para negociar con supuesta irracionalidad, dando credibilidad a su estrategia.
Ello implica repentinos cambios de política, medidas arriesgadas, amenazas y la voluntad de iniciar escaramuzas militares aisladas, evitando la escalada del conflicto. Esta es exactamente la forma en que se comportó Pyongyang por años.
En este enfoque de la conducta norcoreana, los inversores y mercados no deberían tomar las amenazas seriamente. Las periódicas escaladas de tensión deberían ser vistas como distracciones que no cambian el cálculo del riesgo.
Una segunda implicancia es que mientras Kim permanezca al mando de Corea del Norte, el país seguirá siendo una fuente constante de temores regionales. La estrategia de Kim le ha merecido reiteradas concesiones, y también lo ayuda a mantener su control interno del poder. No hay motivo para que se desprenda de sus mejores cartas.
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