Usted, ¿pediría perdón por Hiroshima?
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May 27, 2016 |
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Planetario
José Manuel Valiñas
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Obama no lo hizo, pero su gesto de ser el primer presidente estadounidense en acudir al lugar donde estalló aquella bomba, es enorme.

No pidió perdón porque se hubiera enfrentado aún más a los ultraconservadores en el congreso, y porque se podría haber interpretado como una afrenta a las fuerzas armadas y a los veteranos de guerra. Pero también porque la historia de la bomba en Hiroshima, y después en Nagasaki, es endiabladamente compleja. Algunos pacifistas que sólo ven en blanco y negro, que no entienden que el pacifismo puede llegar a tener límites, ni siquiera se cuestionan. Pero la realidad siempre tiende a ser más complicada. Al día de hoy los historiadores no se han puesto de acuerdo sobre si la decisión de arrojar la bomba salvó muchas más vidas de las que cobró, que fue el cálculo que el presidente Harry Truman realizó en aquel entonces.

Para algunos era evidente que el imperio japonés estaba a punto de rendirse, así que sólo tenían que continuar con las sanciones y los bombardeos convencionales. Se suele olvidar, por cierto, que esos bombardeos no tenían nada de convencional, puesto que las bombas incendiarias eran inhumanamente mortíferas: tan sólo del 9 al 10 de marzo de 1945 la aviación norteamericana destruyó 41 kilómetros cuadrados de Tokio, y esa noche murieron 100 mil personas, una cifra mayor a la de las bombas atómicas en su primer impacto.

El mundo vivía entonces un frenesí bélico que no se puede explicar con los parámetros actuales. Y precisamente ese delirio era el que caracterizaba a la casta militar japonesa, dueña del poder en el imperio, y que idolatraba al emperador Hirohito como a un dios. Esa teocracia militarista era la que impedía que Japón se rindiera, y los generales estaban dispuestos, antes que aceptar la capitulación, a forzar la inmolación masiva.

Si eso sucedía, los cálculos militares sumaban hasta 800 mil víctimas estadounidenses y un año más de guerra. En el lado japonés las bajas podrían llegar hasta un millón, o un millón 500 mil. Tomando esto en cuenta, la decisión de Truman fue causar un estrago de tal magnitud, que Tokio se convenciera de rendirse, ganando la guerra de todos modos y evitando toda esa pérdida de vidas.

Guillermo Altares, en un excelente texto sobre si fue legítimo o no lanzar la bomba, resume a los autores que han debatido sobre el tema a lo largo de las décadas. “Lo que un comandante puede hacer es tratar de establecer si una orden puede reducir el número de víctimas. Ante la decisión japonesa de no rendirse, Truman tenía muy pocas opciones”, escribió Antony Beevor, uno de los principales especialistas. Robert James Maddox lo puso de esta manera: “el uso de bombas atómicas fue espantoso, pero estoy de acuerdo en que era la última y horrible elección. Una invasión convencional y bombardeos constantes eran los otros caminos, por lo que las bombas atómicas salvaron la vida a miles de americanos y millones de japoneses”.

Como recuerda David Nakamura en The Washington Post, al día de hoy muchos países asiáticos, empezando por China y Corea del Sur, siguen esperando que Japón, en vez de presentarse como una víctima, se manifieste realmente arrepentido por haber iniciado una guerra extremadamente cruel y haber asesinado, literalmente, a millones de personas, además de haber esclavizado sexualmente a más de 200 mil coreanas, las llamadas “mujeres de confort”.

De ese gravísimo crimen no ha pedido perdón Tokio, al menos no de una manera convincente para las autoridades de Seúl. No obstante, y gracias al paso dado por Obama, el primer ministro que ha evitado las disculpas claras, Shinzo Abe, podría viajar a Pearl Harbor en diciembre, por el 75 aniversario del ataque nipón, en un gesto que cerraría el círculo de diplomacia.

La postura del Premio Nobel de la Paz 2009 es que todas las partes, en la segunda guerra, tuvieron responsabilidad en un conflicto que perdió desde muy temprano los parámetros de la ética y los tratados internacionales, y que por ello todas deben de asumir su responsabilidad.

Ahora que he expuesto por qué la cuestión dista mucho de ser fácil (culpar automáticamente la decisión de arrojar la bomba), paso a manifestar mi postura personal. Creo que, definitivamente, habría que pedir perdón. Cualquier ser humano que hubiera sido responsable de ese macabro bombardeo, o que represente al país que lo fue, lo debería pedir, sin miramientos, y hacer quizá el gesto que llevó a cabo Willy Brandt cuando se arrodilló ante el monumento a las víctimas del gueto de Varsovia. Un gesto así es lo mínimo que se puede esperar no de un Obama, sino de cualquier persona, ante lo que significaron esas explosiones.

Aún aceptando que se salvaron más vidas forzando la capitulación de esa brutal manera, no se puede justificar el hecho, puesto que Truman tenía opciones. Aún pensando que su objetivo secundario era dar el mensaje a la Unión Soviética de que poseía armas atómicas, como piensan algunos eruditos, las tenía.

Hubiera podido arrojar la bomba atómica en instalaciones militares, donde no hubiera víctimas civiles. Habría sido suficiente para mostrar ese poder de destrucción. Si se argumenta que no se podía arriesgar a que el avión fuera derribado, hubiera podido arrojarla sobre instalaciones industriales (ligadas a la manufactura de armas), donde no hubiera tantas bajas. O incluso en campo abierto, donde no hubiera víctimas en absoluto. La rendición se hubiera podido forzar de una manera menos mortífera.

Que la humanidad no vuelva a experimentar el lanzamiento de una bomba así (ni siquiera los bombardeos convencionales a capitales abiertas), es un objetivo que se debe perseguir no sólo con idealismos o buenas intenciones, sino con medidas reales, que impliquen la disuasión a gobiernos desequilibrados, en caso de necesidad. En otras palabras, que no se repita algo como los tratados de Munich, que con su pacifismo ingenuo provocaron la guerra, según el consenso, ahí sí, de todos los historiadores. Justo esta misma semana The Economist acaba de publicar en su portada “la pesadilla nuclear” en la que se está convirtiendo el paranoico régimen de Corea del Norte.

En el mismo momento del gesto de paz en Hiroshima, el semanario británico le reprocha a Obama (a quien por otra parte le reconoce los indiscutibles avances que ha logrado en el ámbito de la no proliferación nuclear) que no haya podido prevenir las tres pruebas de misiles de 4 mil kilómetros que ha hecho el reino ermitaño. Y que pueda llegar en los próximos años a misiles intercontinentales. Y que tenga cada vez más cabezas nucleares. Simplemente, critica The Economist, el presidente estadounidense se desentendió, un lujo que no se podrá dar su sucesor, sea esta una persona que actúe de manera racional o irracional.

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