Río de Janeiro: ciudad violenta y entrañable
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Ago 3, 2016 |
18:57
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Planetario
José Manuel Valiñas
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Justo el día que llegué a Río de Janeiro para observar de primera mano lo que pasaba antes del inicio de los Juegos, la ciudad se declaraba en quiebra. Era finales de junio y para ese entonces llevaba meses leyendo pésimas noticias sobre Río en particular, y sobre Brasil en general.

A toda la cloaca de corrupción que reveló la operación “Lava Jato”, se sumó la profunda recesión económica, los niveles históricamente bajos de aprobación de la presidenta Rousseff, y el proceso de inhabilitación del cargo. Pero eso no era todo. Había leído noticias verdaderamente macabras. Brasil, esa nación en donde la gente tiene fama de ser feliz, está sumida en una espiral de violencia. El caso reciente de una adolescente de 16 años que fue violada masivamente en Río de Janeiro mientras estaba inconsciente, y cuyas imágenes fueron distribuidas por internet, es sólo un pico de iceberg de lo que algunos activistas llaman la “cultura de la violación”.

Tan sólo en la ciudad olímpica sucede una violación cada dos horas, y el machismo es tan extremo entre ciertos sectores, que mucha gente, incluidos menores de edad, ni siquiera saben que están cometiendo un delito. Hubo otro caso estremecedor antes de aquél, en el que cuatro hombres abusaron de una niña de 13 años. Ante esto se ha movilizado la población, y esta presión social está empezando a generar algunos cambios.

En lo que respecta a homicidios, Brasil tiene un índice muy alto, bastante más que México (con todo y lo que ha empeorado este indicador en nuestro país en los meses recientes). Sabemos que América Latina es la región con mayor número de homicidios en el mundo, pero no sólo eso, sino que la diferencia es abismal en comparación con Europa o Japón, por ejemplo. El promedio global es de 6.2 homicidios por cada 100 mil habitantes (p/c100m), según el último reporte de la ONU al respecto.

Sólo África del sur y algunos países de América Latina llegan a tener tasas cinco veces más altas que ese promedio global. Si se compara con los índices de lugares como Hong Kong o Australia, llega a ser hasta 30 veces más alto. Pongamos los números de México para efectos de comparación. Los últimos datos de nuestro país indicaron que los homicidios van en aumento y que la tendencia a la baja que se observó de 2012 a 2014 ya se ha revertido. Estamos en niveles de 16 asesinatos p/c100m, con el grave peligro de cerrar el año en un cifra cercana a 20. En el país amazónico la tasa es de 30 asesinatos p/c100m, aunque ha tenido índices aún peores, pues en 2012 llegó a 32. O sea, 13% de todos los homicidios que se cometían en el mundo sucedían en Brasil.

El día en que regresaba de Río, cuando ya faltaban pocos días para las Olimpiadas, aparecieron restos humanos en la playa de Copacabana, a unos pasos de donde se va a jugar el volibol de playa. La policía cree que se trata de arreglos de cuentas entre traficantes de drogas de las favelas. Había noticias también de que grupos de jóvenes estaban organizándose para robar turistas, como ha sucedido en otros momentos. La gente en Río es extremadamente amable, pero todos te recomiendan andar con cuidado, no ir a la playa con muchas cosas y no estar en las calles de noche. No obstante, pude apreciar que la gente se sigue divirtiendo en la calle a todas horas, en una atmósfera de tranquilidad, sobre todo en el tradicional barrio de Lapa y en los malecones de las playas más importantes, como Ipanema, Copacabana y Leblon. Pude constatar también cómo los cariocas son un pueblo entrañable.

“¿Entonces –me pregunta alguien–: es peligroso o no ir a Brasil en estos momentos? “Las noticias enfocan, por necesidad, los hechos más terribles”, contesto. En los días que estuve en Río, en uno de los aeropuertos de la ciudad un grupo de policías se manifestó porque hacía meses que no recibían sus salarios completos. Pusieron una pancarta que rezaba así, en inglés: “Welcome to Hell”. Cuando recordé ese hecho al caminar por esas calles atestadas, a una hora avanzada de la noche, viendo a la gente convivir, a las parejas besarse y a los grupos de amigos tomar cerveza, pensé que no era para tanto…

Lo mismo puede preguntar un brasileño al visitar nuestro país: “¿qué tan peligroso es viajar a México?” Pensemos por un momento lo que les llega por las noticias: que aquí las bandas de narcotraficantes ya no se conforman con matar sicarios rivales, sino que aniquilan familias enteras, con todo y niños, como pasa en Tamaulipas; que pueden desaparecer a 43 estudiantes y desollar a uno de ellos; secuestrar a cientos de migrantes e incitarlos a que peleen entre sí hasta la muerte, como hacían los zetas en el Valle de San Fernando; incinerar a turistas australianos en Sinaloa, sin motivo aparente; asesinar a varias personas a sangre fría por un problema de narcomenudeo en plena capital; o que tres alcaldes pueden ser baleados en menos de 10 días, entre muchos más lamentables y dolorosos etcéteras. ¿Qué pensará entonces un viajero de Brasil o, para el caso, de cualquier parte del mundo? ¿Que acaso es muy seguro venir a México?

En Río hay casi mil favelas. Estuve en una de las más célebres, la Rocinha, y pude constatar muchos lugares comunes (como la insalubridad y la acumulación de basura entre la que vive la gente), y que, con todo, la mayoría de las personas son muy amables. Pero también vi una realidad que no se puede desestimar, y que está muy lejos de quedar superada con la supuesta “pacificación” emprendida en tiempos de Lula da Silva. Aquí los jóvenes están armados y traen ametralladoras recortadas, que no hacen el menor intento de ocultar. Son muchachos de unos 17 a 20 años. Nos cortaron el paso, hasta que el guía con el que íbamos los convenció de que nos dejaran pasar. En ese momento recordé lo que había leído, previo a la visita, sobre la estrategia de pacificación de las favelas, basada en lo que llaman “saturación policial” (que significa poner sobre el terreno un promedio de 9.5 elementos por cada mil habitantes, contra el promedio normal de 2.5). Le pregunté al guía dónde está la policía y su respuesta fue: “yo también me lo pregunto”.

Las Unidades de Policía Pacificadora (UPP) entraron a docenas de favelas en años anteriores, y se logró una tregua. Misma que indica que las pandillas no pueden seguir armadas. Pero los casos en los que han entrado personas perdidas a las favelas, y que han sido asesinadas, no dejan de impresionar. Como el de Regina Murmura, que llegó a la favela Caramujo por seguir la aplicación Waze, que confundió las direcciones. Fue recibida a tiros. O el caso del alpinista Ulisses Costa, o de la actriz Fabiana Karla (que sobrevivió), o el empleado de TV Globo Thomaz Cividanes, o el ingeniero Gil Augusto. Por sólo mencionar los casos de personajes célebres. El sólo asomarse a una favela por error les costó la vida. Esas cosas siguen pasando en la capital olímpica.

Investigando, encuentro que el modelo de pacificación de favelas enfrenta un desgaste profundo, y si bien tuvo éxito en un inicio, bajando los altos índices delictivos, éstos están de regreso. Además de que se han documentado casos emblemáticos de brutalidad policial. Por último, se generó un “efecto cucaracha”, bien conocido en nuestro país: ante la penetración de las fuerzas del orden los delincuentes se van momentáneamente a otros lugares, aumentando la criminalidad en ellos.

Seguramente habrá una tregua en la violencia durante los Juegos, pero no puedo dejar de pensar que Brasil no logró una verdadera pacificación cuando tuvo la ocasión de hacerlo, en los años dorados de Lula, cuando el elevado precio de las materias primas explicaba el auge. También se desaprovecharon los dos grandes eventos, el Mundial de 2014 y las Olimpiadas de este año, que se otorgaron al país sudamericano cuando el mundo estaba encandilado con el supuesto milagro amazónico. Eran los tiempos en que Lula proclamaba que Dios era brasileño. Hoy, años después, algunos se preguntan si Dios ya se olvidó más bien de Brasil. Si en tiempos de bonanza es difícil controlar la violencia homicida en un país plagado por ella, imaginemos lo que pasa cuando se atraviesa por una recesión que no se había visto desde hace 70 años. Más bien se trata de una gran oportunidad perdida.

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