El día que caminé entre escombros
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Sep 19, 2016 |
18:18
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Planetario
José Manuel Valiñas
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Hace 31 años, el 19 de septiembre de 1985, acababa de entrar a estudiar Humanidades en el centro histórico de la ciudad de México. A las 7 de la mañana con 17 minutos, cuando sobrevino el terremoto, estaba encaramado en una Combi, los llamados en ese entonces “peseros”, porque cobraban un peso por el viaje. Atribuyo a eso no haber sentido nada. A eso y a estar en una zona de la ciudad en la que no se sintieron tanto las vibraciones del mortífero fenómeno.

Esa mañana había salido temprano a dejar mi coche con un mecánico que me habían recomendado, por la zona de Azcapotzalco. Le dejé mi Volkswagen amarillo y me subí a aquel pesero. Todavía no me bajaba de él cuando ya se estaba esparciendo la noticia del movimiento telúrico y de los daños que había ocasionado. La gente empezaba a comentar y, de pronto, se notó en el ambiente esa tensión de los grandes acontecimientos, los que llegan a captar la atención de la sociedad entera. Cuando me bajé ya se hablaba abiertamente del sismo y de los edificios que se habían caído. Alguien llegó a decir que todo Tlaltelolco se había derrumbado. Me empecé a inquietar. Yo vivía cerca de ahí.

Lo primero que intenté es llegar al centro, pero para ese entonces, quizá las 8:00 de la mañana, ya no había transporte para esa zona. Me acerqué lo más que pude en otro colectivo, y me dispuse a caminar. Eran otros tiempos, otro México: no existían los teléfonos celulares y aún había miles de cabinas telefónicas en las calles, pero en esos momentos ya no funcionaban. Caminé toda la Lagunilla y después todo Bolívar e Isabel La Católica, hasta Izazaga: era zona de destrucción total. No recuerdo una cuadra en la que no hubiera al menos una casa o un edificio colapsado.

El sentimiento era de completa estupefacción. Me sorprendo ahora, tantos años después, de haber estado en esas calles en las que unos minutos antes acababan de morir cientos, quizá miles de personas, y sentir cómo todos andaban igual que yo, impresionados, apresurados por llegar a reconocer algo, a comprobar algo: si los suyos estaban bien.

En ese entonces mi padre trabajaba en la avenida Pino Suárez. Seguí caminando para llegar hasta ahí, pero cada vez era más difícil avanzar, pues ya estaban acordonando todo y no dejaban que la gente se detuviera. Me abrí paso como pude, pues me quería cerciorar que mi papá estuviera vivo. Para ese entonces, quizá las 9 de la mañana, la desesperación de la gente ya era total. Era un estado colectivo de zozobra. Mi padre trabajaba a una cuadra de donde se cayó horizontalmente el edificio del conjunto Pino Suárez, de más de 20 pisos, encima de la calzada de Tlalpan, casi a la altura de San Antonio Abad. Prácticamente todos los edificios que se desplomaron ese día lo hicieron de manera vertical: los pisos altos cayendo sobre los bajos. Pero aquel edificio de Pino Suárez se derrumbó horizontalmente, es decir, como cuando cae un árbol al que se le ha segado la base. Cayó encima de los automovilistas que iban pasando en ese momento, como en la más macabra de las escenas de alguna película. También me tocó presenciar ese escenario dantesco.

Por lo mismo, por el acordonamiento de la zona, no pude llegar al edificio de mi papá. Pero lo vi de lejos y estaba en pie. Eso fue todo... no necesitaba más, por el momento. Así que regresé caminando a casa. Lo hice por el barrio de la Merced, pasando por Correo Mayor. Pasé por Tlaltelolco, donde ya se estaban armando las brigadas de rescate, y me ofrecí de voluntario. Ante mí estaba el edificio Nuevo León, con sus dos torres de 15 pisos, completamente destruidas. Ahí era a donde íbamos a meternos a buscar gente entre los escombros.

Me vacunaron contra el tétano y estaba listo para empezar, pero antes quise ir a ver si el resto de mi familia estaba bien. Los teléfonos fijos seguían sin servir, y no había luz eléctrica. Algunas personas escuchaban las noticias (quizá a Jacobo Zabludowsky) con radios de transistores. Cuando alguien hacía esto en plena calle, los demás se acercaban para escuchar. Pero la información caía a cuentagotas.

Me puse en marcha de nuevo y llegué hasta mi casa, y por fin pude constatar que mi familia se encontraba bien, aunque era tal la paranoia que al poco rato nos dijeron que el edificio de al lado se estaba recargando sobre el nuestro y que se podían colapsar ambos, así que nos tuvimos que mover de urgencia a otra zona de la ciudad, donde vivía otro familiar.

Al día siguiente unos amigos y yo llevamos ropa y víveres a la universidad Anáhuac. Pude ver cómo la sociedad se había organizado para hacer algo concreto, ante la escasa reacción de las autoridades. Un día después llevamos un tanque de oxígeno al derruido hospital Juárez. Llevaré siempre el recuerdo de ese momento en que nos acercamos a dejarlo. Gente con el rostro desencajado. El penetrante olor. Las personas buscando los nombres de sus familiares en unas listas que ponían afuera. La desesperación, la desazón. Aún así, la sociedad se organizó de manera espontánea y pudimos ver el rostro de una ciudadanía que aún no estaba acostumbrada a participar de esa manera. Dentro de toda esa tragedia, algo positivo quedó…

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