¿Qué puede pasar después del ataque a Siria?
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Abr 11, 2017 |
13:14
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José Manuel Valiñas
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El lanzamiento de misiles Tomahawk de Estados Unidos a la base militar de Shayrat, desde donde supuestamente despegaron los aviones sirios que atacaron con armas químicas a civiles inocentes de la región de Idlib, vino a cambiar la dinámica de fuerzas en ese conflicto.

Donald Trump, bajo asedio por sus innumerables disparates, concitó un inesperado consenso con ese acto. El presidente empresario había hecho algo que parecía ir en la dirección adecuada. O como escribió Richard Cohen en el New York Times: “fue la decisión correcta, llevada a cabo por la persona equivocada”.

Unos días antes de los ataques a Siria se supo que Stephen Bannon, el tenebroso personaje detrás del Ejecutivo, había salido del Consejo de Seguridad. El hombre poseedor de todas las ideologías tóxicas posibles ya no estaba sentado en la sala de guerra, y ahora Trump tuvo que escuchar a dos poderosos militares, James Mattis y Herbert McMaster, quienes, con todo y su conservadurismo, son hombres de un gran conocimiento geoestratégico y capacidad para practicar la prudencia.

Aunque éste no era el momento de ser prudentes. El no haber actuado frente a todas las líneas rojas que cruzó el régimen sirio es, de hecho, uno de los grandes yerros de Barack Obama. La afrenta a la humanidad de alguien como Bashar el Assad no tiene límites. La guerra civil en Siria es el mayor desastre del siglo XXI, no sólo por la cantidad de gente que ha muerto (más de 400 mil seres humanos) y los millones que han emigrado, desestabilizando Europa y fortaleciendo los populismos de ultraderecha, sino porque se ha convertido en algo endiabladamente complejo. Ya no sólo se trata de un enfrentamiento entre las dos grandes potencias que protagonizaron la Guerra Fría (“guerra proxy”), sino que en ese caldo de cultivo (y en el otro desastre militar que es Irak) nació el Estado Islámico.

Si vamos a los orígenes de todo esto, se podría decir que el dantesco escenario es atribuible personalmente a Bashar el Assad, quien no quiso dialogar con los manifestantes pacíficos que exigían democracia en el contexto de la Primavera Árabe de 2011, y decidió mandar asesinarlos. Aunque hay otro siniestro personaje en todo esto, que es Vladimir Putin, quien claramente “tiene las manos manchadas de sangre”, como dijo el embajador alemán en la ONU cuando resultó obvio que Moscú iba a respaldar a Assad, hiciera lo que hiciera.

En agosto de 2013 escribí en estas líneas sobre una masacre inenarrable: la de Hula, en mayo de 2012, cuando murieron más de 100 personas, entre ellas 45 niños. Era el momento de actuar y había consenso en la comunidad internacional, pero la temblorosa mano de Obama detuvo todo. Fue cuando estableció esa doctrina de la línea roja que Assad nunca debía de cruzar: la de las armas químicas. Pero las usó un año después, y tampoco hubo reacción.

En el ataque con armas químicas a un suburbio de Damasco, el 21 de agosto de 2013, murieron más de mil personas, entre ellas 400 niños. Como siempre sucede, el régimen sirio se dijo inocente, pero desde entonces quedó claro que las otras facciones en conflicto no tienen la capacidad de gasear con despliegue de aviones.

Una zona de exclusión aérea se hizo urgente. No iba a haber invasión alguna, pero sí bombardeos quirúrgicos contra complejos militares sirios, que no causarían un alto número de bajas humanas, pero que sí inhabilitarían al régimen para seguir masacrando gente. No era siquiera necesario derrocar a Assad, sino neutralizarlo. Obama así lo vendió, y era el camino lógico a seguir. Francia, Inglaterra, Alemania: todos estaban a bordo. Pero al final le volvió a temblar la mano.

Cuando Obama estaba a punto de atacar, los rusos propusieron ante la ONU la destrucción de las armas químicas sirias, y el presidente aceptó transitar por ese terreno, que a larga terminó por ser un ardid. Los ataques químicos continuaron y en julio de este año Kenneth Ward, representante ante la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas, declaró lo siguiente: “Siria ha participado en una campaña calculada de intransigencia y ofuscación, engaño y desafío. Estamos muy preocupados de que las armas químicas hayan sido retenidas ilícitamente por Siria”. La respuesta llegó este mes de abril, en Idlib.

El exceso de precaución de Obama ha costado vidas”, editorializó el prestigioso semanario británico The Economist en ese ya histórico y lejano año de 2013, cuando publicó una de sus portadas más audaces, con el titular “Hit Him Hard”, o “Denle duro”, refiriéndose a Assad. La lógica resultaba incontestable: “Hace un año, este medio defendía la intervención militar –continuaba el editorial–, no para poner ejércitos sobre el terreno, sino para crear corredores humanitarios e imponer zonas de exclusión aérea. Entonces el régimen sirio se tambaleaba, la mayoría de los rebeldes eran relativamente moderados, el número de muertos era menos de la mitad del actual y el conflicto aún no había llegado a otros países. Ahora Obama se enfrenta, como fue advertido repetidamente, a una decisión mucho más difícil”.

Hace unos días Tom Malinowski, que sirvió en el Departamento de Estado con Obama, escribió en The Atlantic: “el uso repetido de armas de cloro por parte del régimen sirio después de 2013, y ahora su aparente reutilización del sarín, muestra la dificultad de confiar únicamente en el desarme para impedir que un dictador asesine”.

El testimonio de Malinowski es esencial porque en su momento estuvo en las discusiones más informadas. Su conclusión es que primero se debió de bombardear la capacidad aérea de Assad para después obtener el desarme, no confiar inocentemente, y desde una posición de debilidad, a que Bashar destruyera todo su armamento químico. Si se hubieran dado los bombardeos, comenta, valiente, Malinowski (imaginemos la andanada de descalificaciones que sufrirá de parte de los obamistas en el Partido Demócrata), se hubieran salvado miles de vidas y se habría evitado la migración de millones de personas a Europa, causando la epidemia de populismo que ahora padecemos.

Incluso llega a decir que el Brexit se hubiera evitado. Y su disertación sobre cómo una intervención a tiempo habría retrasado el nacimiento del Estado Islámico es también sólida. Ya con eso es suficiente para hablar de un fracaso monumental de Obama como presidente. “Tal vez algunos de los daños incalculables que ISIS ha infligido desde entonces podrían haberse evitado, concluye”. En realidad, con todo lo que añoramos al anterior habitante de la Casa Blanca, que era un progresista y una persona civilizada, en el tema sirio fue un estrepitoso y trágico fracaso. Un personaje hamletiano. Un nuevo Chamberlain.

Lo deseable sería hacer todo lo posible por terminar de una vez por todas con el nudo gordiano sirio, empezando por debilitar a Assad, terminar con la amenaza del Estado Islámico e impulsar una vuelta a la democracia bajo la supervisión de la ONU. Claro que todo esto le significará a Estados Unidos un enfrentamiento con Rusia. El supuesto o real idilio de Trump con Putin parece haber terminado, a menos que, como insinúan algunos maliciosos, el empresario haya hecho todo esto para dar la imagen de alguien que no tiene compromisos con Moscú.

Es fácil adivinar que Trump no tiene una idea real de lo que pasa en Siria. Pero Mattis y McMaster sí. Y posiblemente también Tillerson, aunque, como el presidente mismo, dice un día una cosa y al otro día lo contrario. Ahora el secretario de estado está justamente en Moscú, con un mensaje que Obama jamás se atrevió a esbozar: que Rusia debe escoger entre Siria y Estados Unidos. Como respuesta, los rusos mandaron decir que otro ataque con misiles a Siria sería “inaceptable”. Un nuevo acomodo se avizora…

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