Trocas, fuscas, mujeres, y te atrapó el narco

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David Fuentes / Corresponsal de El Economista

Recluido en la habitación 6 del Centro de Readaptación Social para Adultos (Cereso), administrado por el municipio de esta frontera, Miguel Hernández Zepeda, conocido entre los pandilleros del Barrio Alto como El Miguelón, cuenta cómo fue que poco a poco e inconscientemente se unió a la ganga de Los Aztecas, a tal gradó que llegó a ser líder de una célula criminal a los 17 años de edad.

Con dos procesos en su contra por homicidio doloso, portación de armas de uso exclusivo del Ejército mexicano, tráfico de drogas y asociación delictuosa, el precoz joven asegura que no está arrepentido de sus actos, “era la única manera de tener troca, fusca, mujeres, dinero y droga fácil”, argumenta.

Con una madre que trabajaba tres turnos en la empresa maquiladora Electrolux, ubicada a las afueras de la ciudad, El Miguelón empezó a tomarle cariño a los chavos del barrio, originalmente se congregaban en el corazón de la ciudad y formaron la pandilla Los Harpies-13. Primero se liaban a golpes con los rivales de calle, después pasaron al robo de cadenas, carteras y autopartes, que después empeñaban o vendían para tener para la chiva o heroína.

“Nosotros no supimos ni qué pedo, no teníamos a nadie más que nosotros y al barrio, entones lo defendimos. Una cosa llevó a otra y al rato llega uno con la chiva, la coca o el churro, nadie tiene dinero y de una manera hay que conseguirlo y así fue que empezamos a robar”, explica El Miguelón en un domingo de visita familiar en el Cereso municipal, aceptó la entrevista porque hacía cuatro domingos que nadie lo visitaba.

El brinco a la delincuencia organizada fue así de fácil; “sólo hay que tener huevos porque aquí es la única manera de salir adelante”, dice el presidiario.
La invitación llega de la nada, “de repente se acercó un bato y nos dijo que si queríamos ser linieros, (de la banda criminal conocida como La Línea) había dinero y podíamos hacer lo que quisiéramos, nos dijo, y pues entramos los tres, a dos los mataron como al mes y a mí apenas me agarraron, pero estoy vivo”, continúa.

Sus primeros jales, los hizo a petición de su jefe El 18, a quien nunca conoció porque sólo le hablaba por teléfono y ordenaba. Sus víctimas: dos puchadores, vendedores de drogas al narcomenudeo en la zona centro, a quienes eliminarían para que El Miguelón y sus compinches se quedaran con el sector.

“Eran dos batos que ni conocíamos, El 18 nos dijo que limpiáramos la Samaniego -calle del primer cuadro de la ciudad-, y que si lo hacíamos, ahí íbamos a vender, él nos traía todo y nosotros pagamos cuota. Además cuidábamos los bares y negocios que le daban cuota a él para que nadie los molestara”, mientras platica hace una repentida reverencia a un hombre que pasa escoltado por otros tres: es El Pesado, líder de Los Aztecas y, a decir del entrevistado, tiene el control de todo lo que sucede dentro del penal; es un robusto de unos 45 años y tatuajes de símbolos aztecas.

A sus 21 años de edad, al El Miguelón le esperan al menos 20 años de prisión y asegura que está mejor dentro que fuera porque “aquí sé que no me van a matar”, además se está conectando para que cuando salga tenga jale.

Su meta a corto plazo es sobrevivir y estar al frente de una célula criminal, argumenta que experiencia ya tiene y demostró que no le tiembla la mano cuando hay que reventarse a alguien.

Casos como el de El Miguelón son parte de la vida cotidiana en las calles de esta frontera. Las pandillas abastecen de sicarios a los cárteles de las drogas, de ahí sacan a sus puchadores, halcones, a sus robacarros y también a sus ejecutados.

Abultando las estadísticas de la Subprocuraduría de Justicia en la Zona Norte que establecen que la mayoría de las 7,000 víctimas desde el 2007 a la fecha son jóvenes que apenas llegaban a los 25 años de edad, algo que ninguna autoridad ha podido frenar.