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Arte e Ideas

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El que se ríe se lleva, dice Aldous Huxley

Hace casi un siglo Un mundo feliz nos advirtió que dejarnos llevar por el pragmatismo puro derivaba en una desgracia perfecta. Y míranos, Aldous, cada vez más pragmáticos.

Viles niños sin forma que mascullan su tedio, toman soma, tienen múltiples clímax de semen sin semilla y vientres estériles. Bailan al son del bridge musical y se miran a los ojos como Ken miraría a Barbie. Son las noches calientes de Londres, circa 632, era postfordiana. Valiente nuevo mundo, lleno de esas criaturas abandonadas a sus propios orgasmos. ¿Alguno de ellos especula en libros ajenos a lo nuestro? ¿Alguno podrá salvarse?

Cual bufón shakesperiano, Aldous Huxley vio con claridad la desgracia frente a sí. Se rió. Qué buena broma .

La broma fue una novela a la que puso por título una cita de La tempestad de Shakespeare: Brave New World ( Un mundo feliz , en español). La ironía empieza por ahí: es lo que dice Miranda cuando ve llegar los barcos a la isla de Próspero: O brave new world! , sin darse cuenta, ingenua, que no son sino los despojos de un naufragio.

Con Un mundo feliz , Huxley se anotó al club Jonathan Swift para Burlones Compulsivos. (Al final Huxley convirtió a su novela en una tragedia de opereta, algo que Swift jamás se habría permitido. Mala cosa cuando un bufón se toma en serio a sí mismo).

Como los burlones que hacen época, Huxley se dio cuenta de que había algo muy chistoso en los símbolos de prestigio de su tiempo: la ciencia ficción a lo Julio Verne y H. G. Wells, el optimismo acrítico de sus contemporáneos, la maquinaria ideológica del progreso no en el progreso en sí, sino en todo la ola intelectual que le acompañaba: la ciencia ficción, el arte futurista, la naciente cultura pop, el pragmatismo, y, más aciago que todos, el discurso totalitario.

Todas, formas que apuntan a una sola dirección, groseras, vulgarsotas. Marinetti, líder del movimiento futurista, llamó a destruir los museos y las bibliotecas, pues la única idea auténtica es el patriotismo y la única emoción real es el deseo de morir en la guerra. Qué perfección definida en términos tan brutos, tan puros y tan fáciles de difundir. O brave new world!

Pero inclusive estas ideas son demasiado complejas para el mundo que propone la novela de Huxley. Morir en la guerra puede ser noble y heroico, un honor reservado solo para algunos. ¿No sería mejor que el heroísmo, que requiere un esfuerzo, sea suplantado por la medianía, que es un derecho de nacimiento? Que lo heroico sea lo mediocre. Que la conformidad sea la nobleza. Que lo opaco sea lo brillante y que lo que prime sea la sensatez y el pragmatismo. Que la belleza sea eficaz.

El humor tiene un gran potencial subversivo: nos permite encuerar lo cotidiano y por eso Huxley dio con él. Como en las obras de Shakespeare, el humor de Un mundo feliz viene pegado a algo horrible. La eugenesia deriva en una competencia de óvulos en el primer capítulo o la canción de amor al frasquito mío, que demuestra lo fácil que es sentirse cómodo en un ambiente estupidizado. O brave new world!

¿Por qué estas ironías todavía funcionan? Caray, pues porque en ese mundo vivimos. Leer Un mundo feliz como si fuera pura ciencia ficción es un error: Huxley está parodiando su propia época. Lo que es sorprendente (o tal vez no) es que la parodia nos siga ajustando tan bien. Regla básica del humor: el que se ríe se lleva.

Life is but a joke podría haber sido el epígrafe de Un mundo feliz de Aldous Huxley, si Bob Dylan hubiera vivido en Londres en 1931. Huxley escogió como epígrafe, mucho más ominoso, el anuncio del filósofo ruso Nicolás Berdiaeff: Las utopías son hoy más realizables de lo que nunca antes habíamos pensado (…) La vida marcha al ritmo de la utopías. ¿Cómo podemos evitar su triunfo definitivo? . Berdiaeff termina urgiendo a los intelectuales a promover una humanidad imperfecta como un deber moral.

Lo más divertido en la novela es que esa humanidad imperfecta pervive aun en la cultura absolutamente controlada del Londres postfordiano.

Watson, Bernard Marx y, sobre todo, Lenina Crowne son ejemplos de imperfección: Watson es una mutación superdotada y Marx es una falla en el proceso embrionario. Pero más interesante (y cómica) es la situación de Lenina: es ligeramente diferente porque de niña tuvo insomnio una noche y no terminó su ciclo de condicionamiento subliminal. Esa falla original derivará en su capacidad para enamorarse y el amor es el menos práctico de los estados. Un día, sufriendo de amores, Lenina estará distraída en su trabajo y olvidará vacunar a un embrión contra el mal del sueño. Veintidós años, ocho meses y cuatro días más tarde, nos advierte el narrador, alguien morirá del mal del sueño. Lenina es una puerta a la imperfección. Mientras haya perturbaciones amorosas y niños con insomnio, habrá esperanza para el mundo feliz. El gran triunfo de Huxley es ser demasiado chistoso para no reírse, pero también demasiado inteligente como para no tomarlo en serio.

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