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Violencia y sufrimiento
México sigue siendo un país hostil con las mujeres, como lo indican los resultados de la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH) 2016, publicados por el Inegi. Que 66.1% de las mujeres de 15 años y más hayan vivido algún tipo de violencia alguna vez en su vida, es aterrador.
México sigue siendo un país hostil con las mujeres, como lo indican los resultados de la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH) 2016, publicados por el Inegi. Que 66.1% de las mujeres de 15 años y más hayan vivido algún tipo de violencia alguna vez en su vida, es aterrador. Que entre el 2006 y el 2016 la violencia vivida por estas mujeres sólo se haya reducido en 0.9% es inaceptable. Si bien la violencia no puede reducirse de un día para otro y el contexto de violencia generalizada en que vivimos desde el 2007 no contribuye a frenar violencias específicas, no es exagerado afirmar que las políticas de igualdad y contra la violencia de género son un fracaso. Replantear estas políticas no pasa por nuevos diseños de escritorio para seguir administrando los problemas y el presupuesto. Exige cambiar de raíz factores estructurales como la educación, que se mantiene sin perspectiva de género, con desigualdad, y se da en escuelas y universidades plagados de violencia, donde el acoso entre pares es común.
Cuando hablamos de violencia de género, solemos citar casos espeluznantes de feminicidio y recordar que en México la violencia machista asesina a siete mujeres al día cerca de 2300 al año cifras y casos que representan sólo la punta del problema. Al feminicidio anteceden con frecuencia historias de maltrato, golpes, violencia sexual y violencia psicológica, que no son hechos separados, sino hilos de una red que va asfixiando la voluntad, la seguridad, la libertad de las mujeres; que, en el feminicidio, acaba con su vida, y, en conjunto, pueden constituir violencia extrema.
Dentro de esta red cabe centrar la atención en la violencia psicológica, que afecta a 49% de las mexicanas, según el Inegi. Ésta puede ser silenciosa, como la mirada controladora o burlona, ruidosa y punzante, como los interrogatorios inquisitoriales de los celos, las críticas a la forma de vestir, hablar, cocinar; la ridiculización de la persona o de sus proyectos, los insultos, la humillación, las amenazas de abandono o desamor, y una serie más larga que esta columna.
La violencia psicológica no es una violencia más ni más leve . Se da en la relación de pareja, en la familia, en la escuela, en el trabajo, en la calle. Afecta seriamente la salud mental, puede dañar la salud física y mina el desarrollo personal y profesional de las mujeres. Como explicara el doctor José Navarro, profesor de la Universidad de Salamanca en un foro en la Feria del Libro Universitario, la violencia psicológica en la relación de pareja es grave, puede provocar estrés agudo o crónico y trauma, y repercute en los hijos.
Con base en un estudio sobre mujeres víctimas de violencia de pareja atendidas en centros de apoyo, el especialista señaló que la mitad o más padecen depresión o ansiedad generalizada; muchas pueden sufrir males físicos como la fibromialgia o caer en intentos de suicidio.
Hablar de sufrimiento y destacar sus consecuencias es fundamental, como sugirió el dr. Navarro, para entender los estragos de la violencia. No se trata con esto, añado, de encasillar a las mujeres como víctimas sino de recordar que vivir con violencia, continua o esporádica, aguda o leve, duele y traumatiza. Si, por ejemplo, la pérdida de autoestima conlleva dificultades para tomar decisiones, ver y encontrar salidas, es evidente que el costo personal y social es mucho más alto que lo que pueda calcularse en pesos y centavos. Medir el impacto económico de la violencia, tendencia neoliberal en el estudio de ésta, puede ser útil para convencer a empresas y gobiernos de invertir en programas de prevención, pero no basta porque no toma en cuenta el sufrimiento.
Lo que se pierde con la violencia de género, y con la violencia psicológica en particular, puede ser invisible. Afecta; sin embargo, a millones de mujeres y niñas en quienes se fractura o aplasta el potencial de desarrollarse en plenitud, de pensar y actuar con creatividad, alegría y libertad, de vivir y ejercer sus derechos sin miedo.