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¡No me decepciones, Buen Fin!
Hoy, desde temprano, voy a estar revisando mi saldo a ver si ya me depositaron mi quincena para hacer el guardadito correspondiente para este fin de semana que viene.
La verdad es que estaba pensando tomarme el puente y aventarme un chilanguísimo Acapulcazo para aprovechar que el lunes puedo faltar al trabajo. Pero lo pensé mejor y como tengo un par de trajes que ya merecen cambio y unas tres corbatas que ya están muy vistas, pues mejor me quedo y me doy una vuelta por el Buen Fin de los centros comerciales.
Lamento el hecho de que si muchos asalariados como yo deciden quedarse de shopping en lugar de respetar la tradición de construir un mexicanísimo puente, muchos prestadores de servicios turísticos van a tener un pésimo fin.
Tanto se esforzaron los turisteros, el gobierno y los legisladores en sacar adelante estos fines de semana largos, pasando el día festivo al lunes, para que lleguen los comerciantes con sus ofertas a echar a perder el beneficio conseguido tan pocos fines de semana al año.
Así que más le vale a los vendedores del Buen Fin que valga la pena que no me vaya a tirar de panza al sol a Acapulco durante este puente revolucionario.
Siempre he visto con desprecio y envidia a los compradores del Black Friday de Estados Unidos, que esperan en la madrugada la apertura de las puertas de las tiendas para arrebatarse la mercancía.
Con el desprecio de pensar que no tienen necesidad de hacer esos desfiguros de salir corriendo hacia los anaqueles para alcanzar alguna de las piezas en oferta. Y envidia de que consiguen artículos que yo quisiera con 70% de descuento.
Revisé la lista de los participantes en la iniciativa del Buen Fin y me encontré con las cadenas comerciales más importantes y con muchas tiendas especializadas que podría ser interesante de visitar.
Incluso hay restaurantes que también prometen descuentos o al menos una buena botana cortesía de la casa.
Pero hay cosas que empiezo a ver que no me gustan del Buen Fin. La primera, no tan importante pero quizá sintomática, es el pésimo sitio web que tienen (elbuenfin.org).
Es lento, enredado, incompleto y burocrático. La información es buena para el que quiere saber quiénes fueron los genios que lo organizaron, pero es francamente malo para tener un acercamiento a los descuentos.
Sí hay una división por categorías, pero la información es pobre y no sorprende a los expertos cazadescuentos.
Me recordó mucho a aquella fallida página del gobierno federal llamada visitmexico.com, donde prometían que se podrían encontrar descuentos extraordinarios para viajar por nuestro país. Ahora es un link de referencia para un operador privado de viajes por Internet.
Hay otra cosa que me inquieta del Buen Fin y es el financiamiento. Vi publicada una oferta crediticia que me dejó frío. La posibilidad de firmar las compras del fin de semana ¡a 48 meses con intereses!
Eso significa que si acepto esa oferta crediticia, seguiré pagando las compras prenavideñas del 2011 hasta las fiestas del 2015. Y está bien que quiera cambiar mis corbatas, pero si uso la misma hasta la mitad del próximo sexenio, me van a correr de mi trabajo en la tele.
Tengo miedo de que las expectativas generadas con el Buen Fin abarroten las tiendas hasta convertirlas en una romería donde se genere un indeseable fenómeno de masas donde la gente se arrebate las cosas.
Miles de personas tomando lo que sea, les quede o no les quede, les guste o no les guste, tenga un buen descuento o no. Como ocurría al principio con las ventas nocturnas que los clientes pagaban lo que fuera, porque la sensación era de haber derrotado a la tienda.
Esa sensación de haberle visto la cara al gran comercio, cuando en realidad de poco servía salir con un monedero electrónico repleto de puntos para gastar en la misma tienda.
Tengo miedo de no haber aprovechado el fin de semana para ir a echarme un coco y un paseo en parachute por querer aprovechar ofertas nunca antes vistas.
Así que espero que el Buen Fin no nos decepcione y que sea tan bueno que el próximo año sea de los primeros que acampen en la puerta de los comercios para salir corriendo a conseguir en los anaqueles los productos codiciados a precios de ensueño.