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Sucesión sin control
Designar a un sucesor en la Presidencia de la República implica necesariamente contar con los instrumentos adecuados para traspasarle el poder a la persona capaz de darle continuidad al proyecto iniciado y garantizar así la seguridad para el mandatario saliente en todo sentido. La democracia mexicana había conseguido llevar a cabo procesos aceptables de sucesión en los partidos políticos, independientemente de los resultados electorales obtenidos.
Pero el terremoto denominado AMLO-Morena en el 2018 terminó por despedazar la estructura partidaria a nivel nacional, pero sin conseguir hacer del partido en el poder una institución política estable y segura. De hecho, en los últimos cuatro años los cimientos de la democracia representativa mexicana se han cuarteado significativamente. Los partidos políticos tradicionales (PAN-PRI-PRD) sufren de una crisis tanto de identidad como de capacidad de respuesta ante los desafíos del poder establecido.
La construcción de un partido hegemónico como Morena no ha contado, como su antecesor el PRI, con una disciplina férrea en torno al presidente en turno, en este caso López Obrador. Por ello el escenario de una sucesión presidencial adelantada se asemeja a una pelea callejera donde los cuchillos y las navajas son las armas que utilizan los contendientes, los cuales no se rigen por reglas comunes a todos o simplemente impuestas por el caudillo.
Esto explica los insultos y la difusión de grabaciones telefónicas del bando Sheinbaum-Sansores en contra de la dupla Monreal–Ebrard, quienes se dedican a esquivar los golpes a la espera de alguna señal de prudencia por parte del jefe mayor y gran elector, o sea el presidente de la República. Mientras tanto, otro contrincante como Adán Augusto López demuestra que puede ser igual o más corriente que sus compañeros de partido a la hora de proferir insultos o amenazas contra la oposición o incluso ante sus propios compañeros de partido.
Se trata de demostrarle a AMLO que cada uno de ellos posee las agallas para enfrentar a sus enemigos con la violencia verbal y la descalificación con la que el propio presidente ha tratado a todo aquel considerado como elemento dañino para el triunfo y continuidad de la 4T. Esto implica una guerra de todos contra todos donde no hay reglas ni control alguno. Se trata no únicamente convencer al caudillo que cada uno de ellos es mejor que el otro y que le puede cuidar sus espaldas al terminar su mandato, sino que además no tiene otra alternativa porque los otros han sido eliminados de facto.
Morena no es un partido de instituciones como lo fue el PRI, ni de masas como el PRM de Lázaro Cárdenas, más bien se parece al Partido Nacional Revolucionario de Calles, pero con menos controles que éste.
@ezshabot