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¿Los inmigrantes altamente calificados son un problema?
El debate sobre las visas H-1B dentro de la coalición Silicon Valley/MAGA de Donald Trump plantea algunas preguntas importantes sobre cómo debería pensar Estados Unidos sobre la educación y la tecnología en una economía del conocimiento cada vez más globalizada. Si bien la inmigración altamente calificada puede generar resultados beneficiosos para todos, estos no están garantizados.
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Foto: Shutterstock
BOSTON. Las fisuras dentro de la coalición “Hagamos a Estados Unidos grande otra vez” del presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump, han aparecido antes de lo esperado. A finales de diciembre, el ala de los multimillonarios tecnológicos estaba en una guerra abierta con el ala nativista de MAGA sobre el programa de visados H-1B de Estados Unidos, que permite a las empresas estadounidenses emplear temporalmente a unos 600,000 extranjeros calificados al año.
Hablando en nombre de los multimillonarios, Elon Musk, el CEO de Tesla (uno de los principales empleadores de trabajadores con visado H-1B), sostiene que “hay una escasez permanente de excelentes talentos en ingeniería. Es el factor limitante fundamental en Silicon Valley”. Del mismo modo, Vivek Ramaswamy, otro multimillonario tecnológico que asesora a Trump, afirma que las empresas estadounidenses necesitan trabajadores H-1B porque “nuestra cultura estadounidense ha venerado la mediocridad por encima de la excelencia durante demasiado tiempo (al menos desde los años 1990, y probablemente más)”. En respuesta, activistas de MAGA como Laura Loomer y Steve Bannon –pero también socialdemócratas como Bernie Sanders– contraatacaron diciendo que el programa favorece a las grandes corporaciones de Estados Unidos a expensas de los trabajadores estadounidenses.
¿Quién tiene razón? Si bien la investigación económica deja claro que los inmigrantes aportan habilidades muy buscadas, dinamismo creativo y conocimientos útiles que también ayudan a los innovadores nacionales, eso no significa que no haya inconvenientes en la fuerte dependencia de los visados H-1B. Por ejemplo, el argumento de que el programa H-1B ayuda a los empleadores a conseguir competencias STEM (ciencia, tecnología, ingeniería, matemáticas) ignora el hecho de que, si no existiera un programa de este tipo, las instituciones educativas estadounidenses sentirían una mayor presión por parte de las empresas para atender esta necesidad.
La idea de que las élites presionan al sistema educativo para que produzca trabajadores con capacidades y actitudes útiles se remonta al menos al influyente libro de Sam Bowles y Herb Gintis de 1976, Schooling in Capitalist America. Si se aplicara su argumento al presente, cabría esperar que la creciente necesidad de trabajadores calificados en capacidades STEM por parte de las empresas estadounidenses se tradujera en una defensa de la educación en STEM, y en inversiones en este terreno. Pero la excesiva dependencia del programa H-1B puede haber roto este vínculo y hecho que las élites estadounidenses se muestren indiferentes ante los fallos ampliamente reconocidos del sistema educativo estadounidense. Dicho de otro modo, puede que el problema no sea una veneración cultural de la mediocridad, como dice Ramaswamy, sino más bien la negligencia por parte de los líderes empresariales, las élites intelectuales y los políticos.
Por supuesto, esto es solo una posibilidad. No podemos asegurar que la respuesta del sistema educativo sería adecuada, aunque sintiera más presión por parte de la comunidad empresarial. Pero sea como fuere, sin duda los responsables de las políticas en Estados Unidos deberían prestar más atención a los posibles efectos secundarios del programa.
Un argumento similar se aplica a las decisiones en materia de tecnología. Aún si los trabajadores H-1B impulsan la innovación, su presencia puede afectar la dirección que toma la innovación. Mi propio trabajo demuestra (teórica y empíricamente) que, cuando aumenta la oferta de mano de obra calificada, las opciones tecnológicas empiezan a favorecer a esos trabajadores. En las últimas décadas, las empresas han adoptado cada vez más tecnologías que favorecen a los trabajadores altamente calificados y automatizan tareas que antes realizaban trabajadores menos calificados. Aunque esta tendencia también puede haber estado impulsada por otros factores, es factible que la disponibilidad de trabajadores altamente calificados a un costo asequible para la industria tecnológica haya contribuido a ella.
Una vez más, este efecto refleja la indiferencia de los líderes empresariales y los responsables de las políticas. También sugiere que si Estados Unidos va a depender de los trabajadores H-1B, los responsables de las políticas deberían considerar otros ajustes para garantizar que las estrategias corporativas y los diseños de las nuevas tecnologías busquen hacer uso de trabajadores sin conocimientos STEM o títulos universitarios.
Una última cuestión relevante es si programas como el H-1B podrían perjudicar a los países de origen al generar una fuga de cerebros. Esto también está abierto al debate. Estos programas podrían ser beneficiosos para todos si las economías de destino disponen de tecnologías, instituciones y otros trabajadores calificados que sirvan de complemento, especialmente, para los inmigrantes altamente calificados. En este caso, un trabajador STEM indio contribuiría más a la producción global o a la innovación desde Estados Unidos que desde India, y parte del conocimiento científico y técnico adicional producido fluiría de vuelta a su país.
De hecho, hay evidencia que sugiere que estos intercambios de conocimientos ya se producen a través de redes étnicas transfronterizas. Pero este escenario beneficioso para todos no tendría lugar si casi todos los trabajadores calificados e innovadores abandonaran el país de origen, porque ya no quedaría una masa crítica de trabajadores para beneficiarse de los flujos de conocimiento.
Asimismo, para que este escenario beneficioso para todos se haga realidad, el intercambio de conocimientos sobre nuevas innovaciones y experiencia técnica no debe alcanzar una escala o ritmo tal que socave la propia ventaja comparativa de Estados Unidos (que se basa en la innovación). En la literatura económica, esta cuestión suele explorarse en el contexto de los ciclos de tecnología-productos. Aunque actualmente tenemos pocas pruebas sobre lo que constituye un flujo de información demasiado rápido, hay quienes creen que China se ha beneficiado indebidamente en este sentido, al mejorar rápidamente sus tecnologías a expensas de las empresas occidentales.
Así pues, un escenario en el que todos salgan ganando depende de que haya un número suficiente de trabajadores calificados que permanezcan en cada país de origen y de que los derechos de propiedad intelectual cuenten con una protección internacional adecuada, de modo que los innovadores puedan cosechar los frutos de sus aportes, al menos durante un tiempo.
El debate sobre el programa H-1B dentro de la coalición MAGA de Trump plantea algunas cuestiones importantes sobre cómo Estados Unidos debería pensar en la educación y la tecnología en una economía del conocimiento cada vez más globalizada. Existen configuraciones que, en última instancia, podrían beneficiar tanto a las economías avanzadas como a los países más pobres. Pero todavía está por verse si se las encontrará en los próximos cuatro años.
El autor
Daron Acemoglu, premio nobel de Economía en 2024 y profesor de Economía del MIT, es coautor (junto con Simon Johnson) de Power and Progress: Our Thousand-Year Struggle Over Technology and Prosperity (PublicAffairs, 2023).