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Opinión

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El nuevo régimen autoritario en México

La democracia en México se extingue, sin mayor réquiem. Los índices de democracia y libertad para nuestro país se han desplomado entre 2018 y 2024 (The Economist Intelligence Unit, Freedom House). Los contrapesos al poder presidencial han sido destruidos (Poder Judicial, Organismos Autónomos), mientras el Poder Legislativo ha sido totalmente capturado y será emasculado con la eliminación de la representación proporcional y de la carrera parlamentaria (prohibición de reelección de diputados y senadores). El órgano electoral se ha doblegado y mediatizado, y sufrirá recortes incapacitantes, mientras será restringido o eliminado el financiamiento público a los partidos de oposición (el partido hegemónico será financiado abierta o subrepticiamente por el gobierno). El partido hegemónico incuba ahora una dinastía a través de la unción formal del vástago del Hombre Fuerte. El presupuesto del Estado ha dejado de crear servicios y bienes públicos, siendo privatizado e individualizado para comprar y asegurar el voto de decenas de millones de votantes a través de subsidios y dádivas masivas, sin importar un creciente e inquietante déficit fiscal (6% del PIB) y endeudamiento (54% del PIB). Rutinariamente, se hostiga y difama a críticos y opositores desde la presidencia de la República, y todo diálogo con la oposición ha sido cancelado. Se condena con mentiras a gobiernos anteriores, se amenaza con “juicio” a expresidentes, y se niegan los grandes avances de México hasta 2018. Se ha reconstruido un partido hegemónico, con la capacidad de modificar a placer la Constitución, incluso para satisfacer los caprichos y veleidades más delirantes del Hombre Fuerte; los órganos electorales concedieron espuriamente mayorías calificadas al partido hegemónico en ambas cámaras. Se desacatan o ignoran las resoluciones de jueces, magistrados y ministros, e incluso se les reprime y hostiga. Los militares han sido llevados al poder – algo nunca visto – con innumerables negocios, contratos, proyectos y funciones de gobierno, donde se dispendian cientos de miles de millones de pesos en total opacidad y discrecionalidad bajo al argumento de que el gasto que ejercen es de “seguridad nacional”. Esto ha contribuido a que la corrupción sea más intensa que nunca (Transparencia Internacional); en 2024, México obtuvo su puntuación más baja en la última década, con 26 puntos, ubicándose en la posición 140 de 180 países evaluados. 

Donantes a partidos de oposición y a organizaciones civiles son presionados para cancelar su apoyo, o son acosados por el SAT o la FGR, o con prisión preventiva oficiosa. Medios de comunicación críticos, e incluso universidades, reciben llamadas de cautela, y sus directivos, advertidos o amedrentados. Antiguos militantes ambientalistas callan y se someten. Ser opositor es cada día más riesgoso y complicado; se asume que nada puede impedir la consolidación y perpetuación del régimen, que además goza de amplia popularidad y aceptación gracias a subsidios generalizados y a un astuto adoctrinamiento. El gobierno se instrumentaliza como arma de persecución de opositores (weaponization) y de reclutamiento y premio a los devotos. Las redes de los programas sociales se utilizan no sólo para comprar votos y voluntades, sino para adoctrinar a beneficiarios. Técnicos y funcionarios de carrera han sido sustituidos por adictos y leales al régimen; primero la lealtad, después la competencia. Trabajadores del Estado, vendedores ambulantes, y otros informales son incorporados como carne de cañón en manifestaciones y eventos oficiales, para ostentar “músculo político”. Redes del crimen organizado se cooptan y ponen al servicio del régimen. Contratos, concesiones, condonación facto de impuestos, y proyectos de gobierno son la zanahoria para asegurar el apoyo incondicional de grandes empresarios, quienes apuntalan abiertamente al gobierno autoritario, y gustosos o abyectos se incorporan a “consejos asesores” del gobierno. Se conforma un enorme ejército de “Servidores de la Nación” pagado con recursos públicos que penetra toda la vida social e incluso familiar, creando una gigantesca estructura clientelar - corporativa. Programas educativos y libros de texto se transforman como instrumento directo de propaganda ideológica. Se eliminan exámenes de admisión a preparatorias y universidades, y se otorgan jugosos subsidios a jóvenes.

Sin embargo, la deconstrucción democrática no dará lugar a una clásica dictadura tercermundista, con la cancelación de elecciones y encarcelamiento, exilio o asesinato de opositores. Este nuevo autoritarismo no requiere la demolición total de orden constitucional, ni tampoco conduce al fascismo, o a una abierta dictadura militar. Lo que México tiene delante de sí es un autoritarismo competitivo (Levitsky & Way) donde se abusa del poder, y se inclina ostensiblemente el terreno de juego en contra de una oposición, aún existente, pero casi sólo testimonial. Hay ejemplos de ello desde el fin de la Guerra Fría: Venezuela, Nicaragua, Hungría, Túnez, Turquía, El Salvador. Ahí, la arquitectura fundamental de la democracia permanece, en la forma de elecciones periódicas multipartidistas. Pero se pervierten las reglas del juego y se despliega una formidable maquinaria político-electoral que destroza y devora opositores y críticos. Hay todavía competencia, pero casi simbólica y profundamente inequitativa. Es el nuevo México.

Político, ecologista liberal e investigador mexicano, ha fungido como funcionario público y activista en el sector privado. Fue candidato del partido Nueva Alianza a Presidente de México en las elecciones de 2012.

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