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Política

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Arturo Beltrán Leyva trataba a funcionarios como a prostitutas: Anabel Hernández

El acceso al otro lado del puente fue Celeste, una de las parejas sentimentales del Sinaloense, abatido por la Marina en diciembre de 2009.

Portada de “Las señoras del narco. Amar en el infierno”, editado por Grijalbo. Foto: Especial

Portada de “Las señoras del narco. Amar en el infierno”, editado por Grijalbo. Foto: Especial

Arturo Beltrán Leyva era un hombre con un montón de fragilidades, complejos, vicios sexuales y egos, lo cual no hay expediente judicial que lo consigne; quien lo puede contar son quienes estuvieron en su círculo cercano, como sus parejas sentimentales, afirma Anabel Hernández.

La autora del libro “Las señoras del narco. Amar en el infierno”, editado por Grijalbo y que comienza a circular en el país, relata la forma en que pudo acceder a esas piezas del rompecabezas del perfil criminal de quien fuera uno de los jefes de la delincuencia organizada más temidos del país en la primera década del siglo actual.

El acceso al otro lado del puente fue Celeste, una de las parejas sentimentales del Sinaloense, abatido por la Marina en diciembre de 2009, quien le confió una serie de testimonios que tuvo que ir corroborando y que ahora ofrece en 466 páginas.

Ahí, muestra desde la forma en que el sinaloense atendía llamadas “delicadas” (“¡usaba el altavoz del teléfono!”), hasta la forma en que trataba tanto a funcionarios que corrompía, como a aquellas mujeres a las que pagaba por compañía, entre ellas varias figuras públicas de la televisión: “Celeste dice que Arturo Beltrán Leyva billeteaba a los funcionarios públicos, como billeteaba a las mujeres”.

Y de ese mundo, al que muchos pretenden no mirar y que por exponerlo ella misma paga caro las consecuencias, señala: “La indiferencia es cómplice de ese sistema criminal”.

—¿Por qué es importante conocer lo que pasa en este tipo de organizaciones criminales?

—Este, no es un libro ni sangriento, ni que haga apología de la violencia, ni siquiera se centra en las actividades violentas de los narcotraficantes.

Lo que más padece este país, además de la violencia física, es la violencia política, la violencia de la corrupción. Y qué es la denuncia que hace este libro.

Yo creo que es importante que los ciudadanos no nos acostumbremos a esta violencia.

El periodismo que yo hago tiene la intención de informar a las personas y acercarles las circunstancias para que puedan, junto conmigo, penetrar esos mundos y poder entender realmente cuál es la antropología del problema de narcotráfico que tenemos, cuál es la sociología, cuál es la psicología del problema que tenemos.

Sabemos que el nexo que existe entre unos amantes, llega a tal intimidad que no hay posibilidad de disimulo.

Por eso me ha interesado indagar a estas mujeres, porque a través de sus relatos, a través de indagándolas a ellas, con este lazo emotivo, íntimo, sexual, psicológico que establecen con sus parejas, podemos realmente entrar a la mente y a la psique de estos narcotraficantes y entender por qué no se detienen.

—¿A qué información pudo acceder a través de este testimonio de Celeste, una de las personas que fue pareja sentimental de Arturo Beltrán Leyva?

—A través de los años que llevo investigando este fenómeno criminal, he entendido que, del otro lado del puente, en estos carteles de la droga, hay personas que, aun siendo criminales quieren hablar.

Estas personas tienen mucho que decir y tenemos mucho que analizar de sus voces, de sus incongruencias…

En el caso de Celeste, llegó al detalle de decir, por ejemplo, que Arturo siempre hablaba por speaker.

(Así lo hacía) cuando hablaba con (Salvador) Cienfuegos (que ya en el sexenio pasado fue secretario de la Defensa) o con (Luis) Cárdenas Palomino (exdirector general de Investigación Policial de la Agencia Federal de Investigación), o con mujeres artistas, o cuando hablaba con sus lugartenientes.

Cuando dijo eso, dije, oye, pero ¡¿no se supone que estaba muy protegido, cuidándose las espaldas y evitando que se infiltrara información?! ¡¿Cómo podía hablar en speaker?!

Me dice, pues no lo sé, pero conmigo, con su esposa, con sus amantes, con sus lugartenientes, con los corruptos, con los militares, con los gobernantes, con todos, hablaba en speaker.

Yo dije, ¡Dios santo, si publico esto, pues, ¿quién me lo va a creer?!, Bueno, luego, voy al juicio de Genaro García Luna. Hay un testigo ahí que es fundamental, que le da un 100% de veracidad a lo que dice Celeste, que es, Sergio Villarreal Barragán El Grande.

Durante el juicio, la fiscal le pregunta, ¿pero usted cómo podía saber que quien estaba al teléfono era Genaro García Luna o tal persona?

Y el Grande dice: “es que Arturo hablaba con el speaker”.

Después, otra cosa que dice Villarreal es que se le citaba a Genaro García Luna, a Luis Cárdenas Palomino y a todos estos funcionarios corruptos en Perisur.

“Tenían que dejar sus vehículos en Perisur y ahí nosotros, los lugartenientes, los brazos derechos de Arturo, íbamos y los recogíamos y los llevábamos a la casa de Zacatépetl”.

Y la gente decía, pero ¿cómo es posible que Genaro, él, ¿cómo se iba a prestar a eso? Es que así movía a sus prostitutas. A Genaro García Luna lo movía como si fuera una prostituta.

Así citaba Arturo Beltrán Leiva a sus mujeres, a las que les pagaban millones. Primero la citaba en Perisur, por fuerza siempre en Perisur, no la citaba en otro lugar, siempre era Perisur, la citaba ahí.

La mayoría de estas mujeres tenía que dejar ahí su vehículo y luego se subían a otros vehículos que le mandaba el cártel y las llevaban a la misma casa de Perisur.

No por nada Celeste dice que Arturo Beltrán Leyva billeteaba a los funcionarios públicos como billeteaba a las mujeres.

—¿Con el testimonio de Celeste qué pudiste saber del perfil criminal de este personaje?

—En el libro de Emma, de los dos señores del narco, había hablado con lugartenientes de la Barbie, gente muy cercana a Arturo Beltrán Leyva y a Edgar Valdez Villarreal, La Barbie y dan una visión real, no hay duda de eso, pero como muy masculina, como muy protegiendo la virilidad y la interesa y lo valiente que eran todos estos señores.

En cambio, una voz femenina, y además que fue pareja sentimental y confidente y procreó una hija con Arturo Beltrán Leiva, nos da una visión totalmente distinta, mucho más objetiva, cruda, descarnada, donde efectivamente, no hay expediente criminal que te diga lo que Arturo estaba pensando cuando estaba delinquiendo, cuando estaba en su casa, cuando se estaba drogando, cuando estaba con sus amigos, cuando estaba con sus mujeres.

Estamos hablando de un hombre con un montón de fragilidades, un hombre que tenía ciertos complejos porque tenía una especie de joroba, un hombre que tenía una rabia porque su madre se había muerto y según él había sido muy pobre, un hombre que con todo su dinero y su virilidad tenía un montón de complejos de inferioridad y de vicios sexuales y de egos, que tenía que estarse nutriendo con todas estas mujeres, era un hombre realmente enfermo.

Cuando Celeste dice que este hombre tenía relaciones, contactos sexuales tres o cuatro veces al día, uno dice, bueno, ¿y cuándo traficaba drogas?

Después, ¿cómo se la pasaba?: Viendo telenovelas, puede la gente imaginar a Arturo Beltrán Leyva, La Barbie, El Grande, todos estos sicarios, traficantes de drogas internacionales pasando su tiempo libre viendo telenovelas.

Eso era porque a través de las telenovelas podían elegir quién era la nueva mujer contratada, era como la pasarela para ellos.

—¿Qué papel juegan estas mujeres en todo este entorno?

—Estamos hablando de un país muy machista como es México, donde hay un patriarcado y donde esta educación machista genera una serie de visiones del hombre sobre la mujer en general. Añade la necesidad de autoafirmar su sexualidad, sus egos, el presumir con el otro hombre.

Todas estas concepciones masculinas, imagínense todo eso en una licuadora con alguien que gana 400 millones de dólares al mes y que todos esos defectos del machismo están superlativos, porque ese hombre no sólo puede fantasear lo que le gustaría hacer con las mujeres, sino que las puede comprar. Y entonces estas mujeres se convierten en su nutrimiento. 

diego.badillo@eleconomista.mx

Periodista mexicano, originario de Amealco, Hidalgo. Editor del suplemento Los Políticos de El Economista. Estudié Sociología Política en la Universidad Autónoma Metropolitana. En tres ocasiones he ganado el Premio Nacional de Periodismo La Pluma de Plata que entrega el gobierno federal. También fui reconocido con el Premio Canadá a Voces que otorga la Comisión Canadiense de Turismo, así como otros que otorgan los gobiernos de Estados Unidos y Perú.

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